‘Perder el tiempo’: sin saber si hay alguien

Guillermo Marco

Experto en algo tan inquietante y, suponemos, apasionante como la inteligencia artificial, el ingeniero Guillermo Marco Remón (Madrid, 1997) llega hoy hasta La Plaza Invisible con su segundo libro, Perder el tiempo, publicado en Ciutat de Mallorca por Isla Elefante (el sello editorial Ben Clark).

Como Rocío Simón, Guillermo es durante este curso becario del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes, donde siempre se aplaudió que una sola persona disfrutase a la vez de las artes y las ciencias. Y nos gusta saberlo ahí, entre algoritmos aliteraciones, al servicio de la tecnología y de esa bondad que tanto reivindica en sus poemas.

Guillermo Marco
Guillermo Marco Remón, amarilleando en nuestra Plaza Invisible. / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Hace unos meses, en la presentación de Perder el tiempo, el escritor Óscar Esquivias recordó muy oportunamente aquel famoso soneto, concretamente el 18, en el que William Shakespeare viene a afirmar que, si nombras a tu amado en uno de tus poemas, entonces le estás regalando la eternidad.

En realidad Shakespeare no dice exactamente eso, pero es mucho más bonito y fino lo que le atribuyó Esquivias, quien lo hizo sin ninguna duda por interés, ya que él mismo es nombrado por Guillermo Marco Remón (Madrid, 1997) en el poema titulado Huyendo de la crítica, su curiosísima écfrasis narrativa del cuadro homónimo de Pere Borrell (que reproducimos completa abajo).

Y digo que aquella cita semi-falsa fue muy oportuna porque, en efecto, Guillermo Marco es alguien que ha llenado sus dos libros de nombres queridos. Ya en su debut, Otras nubes (Madrid, Rialp, 2019), había un poema titulado A mi hermana Adriana, aparte de otras páginas o secciones dedicadas de forma menos rotunda (dedicados, digamos, en minúsculas) a su madre, su padre, su abuela de Calatayud o a la memoria de su perro Cuzco.

casi todo en Perder el tiempo sucede bajo la socorrida advocación de Fernando Pessoa

Hasta ahí, todo habitual, pero es mucho más decidido lo que, en ese sentido de la inclusión de los otros en el libro de uno, hace en Perder el tiempo, su segundo libro, donde desde el primer poema vuelven a desfilar en un verso Adriana, la madre, los amigos Luis y Andrés, o Irene… Varios de ellos reaparecen después, en versos o dedicatorias, y también, como sucedía en Otras nubes, hay una buena batería de alusiones explícitas a otros escritores (y, una vez más, no sólo en citas o epígrafes sino directamente nombrados en los poemas, homenajeados, aplaudidos, glosados). «Cuando leía, me daba miedo / despertar a los autores de su sueño de siglos», dice en un poema, y si eso ocurre leyéndolos, ¿qué no sucederá invocándolos, invitándolos al propio texto?

No diría todo esto si no fuese porque es algo a lo que Guillermo Marco Remón concede una importancia reconocida en su página final de Notas, donde por supuesto vuelven a figurar los seres queridos, y donde se nos avisa de que «María, nombre repetido en el libro, no existió (creo)». No es que nos importase en absoluto eso, pero sí es relevante el reconocimiento del juego, dado además que casi todo en Perder el tiempo sucede bajo la socorrida advocación de Fernando Pessoa, un hombre que, como es bien sabido, contenía verdaderas multitudes (unas 136 identidades diferenciables, según el penúltimo recuento).

Porque a esto, al asunto del yo, es adonde quería, por fin, llegar yo mismo. El primer poema de su primer libro (que era un poema-prólogo que antecedía a la primera sección) estaba dirigido «A Guillermo, para que vuelva», y era, en efecto, un apóstrofe dirigido a sí mismo. Pero es que otro de los últimos, titulado Todos nosotros, era una especie de Cómo ser John Malkovich en versión personal, donde todos los sujetos del mundo son él mismo. Es decir, un poco lo contrario de Pessoa: si el portugués acogía en su interior a tanta gente como habita Shanghai, en este caso era medio mundo el que respondía al nombre y a la personalidad de Guillermo, quien no podía darse un paseo por ahí sin toparse con cuatro o cinco copias suyas.

Tanto yo sería medio antipático si se tratase de un poeta menos aragonés (Guillermo es hijo de zaragozana), y además reincide de formas menos espectaculares pero más retorcidas en Perder el tiempo, donde hay un poema titulado Guglielmo Marconi donde, claro, hace sus conjeturas sobre el inventor de la radio, y da vueltas a la coincidencia en el nombre.

Y, a vueltas con su apellido, se permite hacer una broma también con los marcos encontrados por el Rastro, y en un final de poema muy bonito, asegura que «me di cuenta de que no quiero / inventar el horizonte / sino enmarcarlo / para que lo mires» (y ¿no se habrá fijado en ese cuadro ya aludido, Huyendo de la crítica, precisamente porque el joven de esa pintura está saliéndose del marco, escapando del poeta para poder pasear con la persona?)…

(O, por último, ese Resumen con el que se abre el libro, y donde el autor especula mucho (y nunca mejor dicho) con su propia imagen. O esa hermosa Dedicatoria donde de nuevo hay una introspección que se proyecta fuera, hacia cómo nos ven…: «Si dentro de mil años escuchara / mi voz, el diálogo de mis poemas / con el piar de los pájaros de entonces, / me gustaría advertir que no fui nadie, / que nadie sabe quién soy, que mi nombre / atardeció, sin más, en el recuerdo / de los que quise en vida, / que ellos fueron felices, / no me necesitaron»…).

Sea como sea, en fin, él lo sabe hacer con un tono y un humor que salvan todos los muebles, y lo que abunda es la inclusión de los otros donde otro erigiría un santuario a la egolatría. En los dos libros hay muchísimas auto-citas, pero sobre todo se habla de bondad, se dice mucho «te quiero», y aunque hay varios poemas de ruptura en ambos títulos, no hay poemas de rencor (o, al menos, no es el poeta quien lo siente, él siempre opta por declarar afecto, complicidad, empatía), pues «la bondad alcanza hasta donde el amor no llega»

Ambicioso y conformista a la vez, tenaz y relajado, un poco obsesionado con su nombre y sin embargo, dado que es muy inteligente, metafísicamente humilde

Pero reinicio esta reseña para rematarla: él se pregunta «cómo reducir la distancia entre la / realidad y las palabras» y por otro lado sabe que «la vida consiste en pasear / a tientas por el tiempo». Ambicioso y conformista a la vez, tenaz y relajado, un poco obsesionado con su nombre y sin embargo, dado que es muy inteligente, metafísicamente humilde. De hecho, hay (y había en Otras nubes, que no en vano fue accésit del Adonais) algunos poemas sobre la fe, sobre todo en la segunda sección, «Un domingo a solas», donde no hay oraciones pero sí poemas que tienen la oración como uno de sus temas, aunque, como corresponde, de un modo un poco abstracto siempre, tal vez pudoroso.

Entre preciosos de amor (Ver regar) o de desamor (Hasta donde el amor no llega), entre homenajes a poetas antiguos o modernos, entre postales familiares y poemas-paseo…, sobresaltan a veces esos poemas de otro tono, aún más serios, más de recogerse, creo que mucho más íntimos (o íntimos de un modo mucho más profundo): «Es cierto que creí / que el dolor me guiaría / por las habitaciones de la casa / a la que a veces llamo sin saber si hay alguien. / Esperando en la puerta / de ese hogar nos perdimos, / Dios y yo / nos hicimos humanos con la espera. / Él trajo las preguntas a la orilla / de la memoria cuando el balbuceo / era fe. / Y ahora evoco la oración, la duda. / Después de tantos domingos a solas, /perdóname: / he olvidado tu nombre».

En fin: el día en el que Guillermo vino a La Plaza Invisible para posar para el retrato ritual de esta sección, conoció a Brownie, el hámster de mi hija Vera. Llegado un momento, y sin duda aturdido por el camembert, el adorable animal dio un extraño mal paso y se cayó de la mesa, pero Guillermo lo agarró al vuelo, a lo Courtois, impidiendo el golpe.

Un joven poeta evitando un buen trompazo a un pequeño y entorpecido roedor: en ese gesto, tal vez, latió toda una concepción de lo poético.

Guillermo Marco

HUYENDO DE LA CRÍTICA

 

Dejo la llave en la recepción de la Residencia

y me entero de que he recibido una de esas postales

en las que Óscar Esquivias me imagina

mejor de lo que soy;

me anima con el próximo libro

y me dice que el correo “hace casa”.

Y salgo a pasear

con el cuerpo más erguido y hogareño,

y noto lo difícil que es estar a la altura

de lo que nunca he sido.

A medio camino, Castellana abajo,

también pienso en lo que me gustaría

beber una cerveza sin ganas,

en dónde estará Alberto, mi vecino de cuarto,

y su búsqueda del desnudo en todo el Arte.

Y sigo caminando mientras doy vueltas

a si estará bien en aquel poema la palabra outfit,

o mejor debería poner ¿atuendo?, ¿manera de vestir?, ¿modelito?,

si habré hecho bien en abandonar toda formalidad,

en tender hacia la prosa,

en disfrutar de las rimas espontáneas y feas y precisas,

en haber mitificado la juventud siendo un niño viejo,

en fingir pessoanamente tanto lo que soy,

en hacer, en fin, lo que me da la gana

(para Luis Rosales lo atractivo de Cervantes

es ver a alguien haciendo lo que le da la gana).

 

Pienso en todo esto y sin darme cuenta

llego al Banco de España;

entro en la colección y veo al muchacho,

esa cara de susto

que en este punto de mi vida me da paz.

Salta del cuadro

y se echa a andar conmigo hacia la tarde.

 

*Ficha técnica: Guillermo Marco Remón, Perder el tiempo, Palma de Mallorca, Isla Elefante, 2023

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