‘Perro fantasma’: darnos calor estos años

Espejo

No todos los caminos poéticos llegan hasta La Plaza Invisible, pero son muy numerosos y muy diversos los senderos secretos, o las vías frecuentes, o aun las autopistas imponentes que pueden terminar en nuestras receptivas baldosas, muy diferentes las propuestas y los temas y los estilos…

Hoy llega un libro duro pero bellísimo, escrito por José Daniel Espejo (Murcia), quien ya nos conmoviera y convenciera con Los lagos de Norteamérica, y que ahora, con Perro Fantasma, publicado en Barcelona por Candaya, reincide en mirar con ojos de poeta hacia lugares marginales a donde a veces no miran ni los implicados.

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El poeta murciano José Daniel Espejo se ha dejado caer por la hojarasca de nuestra plaza con su ‘Perro fantasma’ bajo el brazo / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

No tengo ningún problema de conciencia en declarar desde este principio que el nuevo libro de José Daniel Espejo es un libro hermosísimo, y que aunque hable de las injusticias, de las exclusiones, de la marginación, del suicidio, de la locura, de las adicciones, de la indigencia, de los problemas mentales, de la soledad radical, del aislamiento, de la muerte o del olvido, son unos poemas que, mucho más que con su carga política o ideológica, destrozan al lector con su belleza.

Sucede así desde el primer poema, impresionante, que cito entero (la de hoy es, sospecho, una reseña de mucho citar…), sobre todo porque creo que es impensable no salir corriendo a buscar un libro que arranca así, irresistible, tan imperial como su último verso:

«no sé cómo he llegado pero estoy en mitad de la huerta / una mañana de sol de principios de abril y el sonido / extraterrestre de los verderones y la floración / de todo lo vivo me envuelven / por una vez / la hermosura del afuera convive con aquello / que llevo podrido por dentro sin ilu / minarse ni contaminarse lo uno a lo otro / y tengo los ojos abiertos y deseos de matarme / y ambas cosas conviven milagrosa / mente equilibradas enteras perfectas / el monstruo que soy la primavera / el río lleno de mierda y una garza / que bebe de él / majestuosa».

Lo que sigue a partir de ahí es, si se me admite la paradoja, un monólogo colectivo en el que habla Espejo, sí (igual que lo hacía en Los lagos de Norteamérica, su anterior título y uno de los mejores libros de poesía en español de lo que llevamos de siglo), pero donde también deja espacio para incluir a muchas otras voces, otros personajes que son personas, seres descarriados y apartados y abatidos que de repente encuentran un papel y escriben.

espejo se fija sobre todo en los más desconectados, gentes que, por los motivos que sean, han salido de sus propias vidas, de sus familias, de sus trabajos, de sus espacios de seguridad, de todo aquello que conocen y que podría protegerlos

Si no fuera intolerable utilizar abusivamente los nombres de la gente, diría que nunca un apellido fue tan adecuado, pues lo que hace nuestro poeta es, en efecto, reflejar lo que vive y lo que ve, lo que tiene en su entorno y en su trabajo o, mejor, en sus activismos y movilizaciones como activista y como cuidador, no por voluntariado sino por impulso, por arrebato, por vocación.

En ese sentido, se fija sobre todo en los más desconectados, gentes que, por los motivos que sean, han salido de sus propias vidas, de sus familias, de sus trabajos, de sus espacios de seguridad, de todo aquello que conocen y que podría protegerlos («ya está: ya nadie espera nada / de ti / adiós a tus deudas / adiós a la vergüenza / ni siquiera / necesitas contestar a las preguntas / ni pensar»…), y se lanzan a una marginación que es doble, o casi triple: al auto-desahucio (o a veces, a menudo, sin prefijo) se le une enseguida el previsible rechazo social, el temor o la aversión que producen, y eso sucede en las periferias de Murcia, un espacio no sólo castigado por el desastre climático (el color de la cubierta del libro no es arbitrario) sino por decisiones bien conscientes que, dando esos lugares por irrecuperables, los destinan a ser algo parecido a vertederos, rincones sacrificados para que otros puedan seguir aparentando prosperidad.

Así: «yo vivo a orillas de un río / que no sostiene mi vida como en un símbolo / de todas las cosas que fluyen / y son eternas / y van a parar a la mar / que es el morir // todo eso / no funciona aquí / seré yo quien vea / a mi río morir»

Eso en cuanto al empobrecimiento del paisaje (y sus probables consecuencias psicológicas). En cuanto a la ingenuidad de las buenas intenciones de quienes hablan del fango sin acercarse (y a la inutilidad de la izquierda blanda, encarnada en una conocida escritora…): «hay una vocecita / socialdemócrata en mi cabeza / como de pito / creo que es la de rosa / montero / al menos ésa es la cara / que le pongo cuando habla / habla mucho/ me dice: Ve, / pide cita en servicios sociales. / Está la renta básica, y las ayudas / al alquiler, y la cola de cáritas / y blablablablablá»

Son fragmentos casi al azar, entre los muchos que podrían traerse aquí, que van dando chispazos de lo que en el libro hay: retrato y también rabia, crónica en verso y análisis tácito (y, por extensión, protesta), crudeza y humor desangelado ante un desierto de basura, empatía y atención ante los que sufren y compasión ante lo irrecuperable o lo irreversible (como en el poema que lee José Daniel Espejo en el vídeo-poema incrustado, o como en ese que, algo más apacible pero también sin esperanzas, reproducimos abajo).

Ni siquiera hemos podido hablar del título, que, claro, remite a eso tan especialmente injusto siempre que es el sufrimiento de los más inocentes: niños, animales, seres que no tuvieron ni una oportunidad de caer, que ya estaban abajo desde el principio, víctimas sin culpa ni responsabilidad ni errores, puro desamparo, pura orfandad. Ya hemos visto a garzas bebiendo agua contaminada, y hay también perros abandonados, más vínculos que se rompen, lealtades u obligaciones a las que se renuncia por desesperación: «el gato va a morir / eso es seguro / la culpa según el vete / rinario es de la a / limentación / mala de supermer / cado verdad? / podemos operarlo / pero nada garantiza sus supervi / vencia / serían 215 los medi / camentos aparte / adiós / gato me gustó darnos / calor estos años perdón / por la comida / y por la pobreza»

Perro fantasma es, en fin, un libro en vilo, alucinado no por el empacho de lenguaje ni por el exceso de sueños ni de fantasías ni de proyecciones sino por la constatación de un presente en escombros, de un futuro por el que ya no hay fuerzas para luchar. Y eso es algo que les sucede a quienes van hablando en los poemas, pero es algo que también nos sucede a todos, socialmente. Todas estas vidas, toda la posible alegría y el paisaje que conocíamos son una sola toalla que todos hemos tirado en común.

Espejoa veces pienso que estoy aquí

en el cabo bebiendo vino

para que existan un poco más

los años buenos / del 12 al 14 sobre todo

y otras épocas antes / entraba el sol a ratos

en una casa limpia y hacíamos planes

para irnos de viaje en vacaciones / para que

todas esas cosas no se borren

para que hayan existido el amor la vida buena

ahora estoy aquí

haciendo guardia

 

*Ficha técnica: José Daniel Espejo, Perro fantasma, Barcelona, Candaya, 2023. Prólogo de Begoña Méndez.

 

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