Pilar Adón: «La vocación no se fuerza: llega y obedecemos»

Pilar Adón

ENTREVISTA / LETRAS

Pilar Adón
La escritora Pilar Adón posa en La Plaza Invisible, tras una entrevista luminosa. / Foto: J.M.

Pocos días antes de que recoja el Premio Nacional de Narrativa de 2023, que ganó gracias a su novela De bestias y aves, la escritora Pilar Adón (Madrid, 1971) tiene la generosidad de asomarse por la también muy orgánica y a momentos deslumbrante La Plaza Invisible para hablar de la vertiente poética de su literatura, que ha dado ya lugar a dos plaquettes y cinco libros (y el penúltimo de ellos, Las órdenes, mereció el premio de Poesía de la Asociación de Librerías de Madrid).

Pero no es sólo que hayamos querido hacer coincidir esta entrevista con la semana del Día del Libro, sino que deseábamos que las preguntas y las respuestas llegasen junto a la aparición de Atractivo carnal, un nuevo cuadernito de poemas que ha sido publicado para el 23 de abril por esa gran conjura literaria que forman las librerías Letras Corsarias (Salamanca) e Intempestivos (Segovia), junto a las editoriales La Uña Rota (de Segovia) y Delirio (de Salamanca).

Abogada de formación, editora de profesión y, ante todo, lectora por vocación, estos días ha visto también cómo veía la luz (en la editorial Impedimenta) su traducción de Algo de otro mundo, el único cuento que escribió Iris Murdoch. Y De bestas e aves acaba de conocer, gracias a la editorial Dom Quixote, su versión portuguesa.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

P: Como narradora, todavía no has jugado la carta (quiero decir el comodín…) de la autoficción, o al menos no de modo directo (y no imaginas cómo te lo agradecemos, cuánto te distingue…): eso es algo que, al menos aparentemente, dejas para la poesía, aunque me parece que también hay mucho pudor y mucha literatura en ese proceso.

R: Tienes razón. Si echo la vista atrás, creo que en mi poesía se produjo un cambio bastante drástico con La hija del cazador, de 2011. Hasta entonces había estado escribiendo una poesía que recuerdo poco vinculada a mi experiencia personal en el fondo y bastante adjetivada en la forma. La mantenía distante. No diría que ajena, pero sí poco íntima. Me centraba en lo exterior y en lo formal, y dejaba a un lado lo más introspectivo. Imagino que se debía a que empecé a escribir poesía en un periodo que considero tardío, muy posterior al de la prosa, que es lo que he escrito siempre, de modo que al principio mantuve una distancia respetuosa. La mantenía bajo un control cauto con la idea de que no se desbordara. A partir de La hija del cazador comencé a sentirme más libre, seguramente porque gané confianza, aunque no sé si esto de la confianza tendrá algo que ver porque en la prosa no me ha faltado, y, como dices, ni en las novelas ni en los relatos exploro temas tan personales. Creo que la prosa va hacia un querer ser y en cambio la poesía va hacia un ha sido.

P: Tus novelas son muy poéticas, o al menos contienen mucha poesía, y hay quien diría que tus poemas son bastante narrativos… ¿Cómo vives tú eso tan aburrido pero tan insistente de los géneros, de los formatos o mucho más importante, tal vez de los lenguajes?

R: No me paro a pensarlo. No me planteo emplear un lenguaje u otro dependiendo de qué esté escribiendo. Lo que sí noto es que no puedo sentarme a escribir poesía en cualquier momento, algo que sí me sucede con la prosa, sea luego valiosa o no. Digamos que primero llega la necesidad de escribir poesía y entonces me siento y respondo. Es como una llamada. Una vocación. Sé que esto puede parecer místico, pero no encuentro mejor manera de explicarlo. La vocación no se fuerza: llega y obedecemos.

Pilar AdónP: ¿Qué poetas te hicieron poeta? ¿Crees que son distintos/as a quienes te hicieron, en general, escritora?

R: No leí mucha poesía en la juventud, más allá de los poetas del colegio, de modo que el impulso de escribir poesía viene vinculado al que me lleva a escribir prosa: la necesidad de ordenar lo que empuja poniéndolo en un papel. Es también, en cierto modo, una manera de deshacerse de ello. Aunque sólo sea durante un tiempo breve porque en seguida surge la necesidad de volver a poner por escrito lo mismo que sigue empujando, pero en otro papel. En cualquier caso, como decía antes, las perspectivas son distintas: la prosa está más relacionada con asentar cimientos, y la poesía, en cambio, con sacar espinas. Es como si una mirara más hacia el frente y la otra hacia atrás.

P: En tus labores como traductora, ¿has aprendido o descubierto algo que te sirva a la hora de escribir versos? Y, si es así, ¿nos puedes chivar el secreto?

R: Como traductora aprendo con cada libro a ser fiel a lo que se ha de contar y a cómo se ha de contar. Nunca vale cualquier cosa, pero como traductora aún menos porque la obra ya existe y no se la puede defraudar. La responsabilidad siempre es grande, pero como traductores, además de a los nuevos lectores, nos debemos al autor original. De modo que lo que se aprende sobre todo es a respetar el propósito y los modos del autor al que traducimos y, por extensión, también al que somos. Y lo hacemos escribiendo lo que de verdad queremos escribir, sin perder la pista de nuestra propia intención inicial.

«Con ‘la hija del cazador’ llegué a la conclusión de que no podía seguir centrada en la verdad de otras poetas a las que admiraba, sino que tenía que enfrentarme a mi propia verdad»

P: Antes decías que con La hija del cazador llegó un pequeño cambio a tu poesía. ¿Podrías explayarte un poco en eso? Y en general, ¿qué ves cuando contemplas en perspectiva, desde aquí, tus libros de poesía? ¿Qué etapas o épocas o hasta vidas podrían apreciarse?

R: Es curioso que me plantees esto porque hace unos años diferenciaba mis «épocas» en función de los libros publicados. Ahora ya no lo hago, pero hasta bien entrados los cuarenta seguía dividiendo mi vida en segmentos vinculados a los títulos que iba escribiendo y publicando. Era algo que hacía ya de pequeña, cuando parcelaba mi diario con títulos como Colegio, Amigas, Vacaciones, etcétera. Y relacionaba cada época con algún acontecimiento que consideraba decisivo en mi vida. La hija del cazador supuso un cambio con respecto a la poesía que había escrito hasta entonces, muy centrada en lo que creía que era una situación ideal de la existencia: las plantas eran hermosas, los viajes agradables, los cambios deseados… No escribía sobre lo que había visto, sino sobre lo que quería ver. Pero empecé a darme cuenta de que esa estética ya no me interesaba ni en la forma ni en el fondo, y en La hija del cazador decidí fijarme en lo que conocía aunque sin caer en un hiperrealismo que no me interesa. Con ese poemario llegué a la conclusión de que no podía seguir centrada en la verdad de otras poetas a las que admiraba, sino que tenía que enfrentarme a mi propia verdad.


P: Por un asunto en el que llevo algún tiempo metido, me interesa muchísimo el tema de la brevedad. Tú eres autora de poemas brevísimos, incluso de monósticos (alguno impresionante: Eso espiritual que ves en mí es miedo, de Las órdenes), o de dísticos (Sólo quien tiene el amor / lo cree prescindible, del mismo libro). Ayúdame, por favor, en mi work in progress: ¿qué hay en la hiper-brevedad tan eficaz? ¿Por qué esos poemas que cito son claramente poéticos y no prosa breve, no sentencias, no greguerías, no proverbios, no aforismos…?

R: Podría darte una primera respuesta aludiendo a los tiempos que vivimos, en los que predomina la inmediatez y nuestra atención es incluso materia de estudio para la economía, que la considera un bien escaso a conquistar. En esta línea podría pensarse que lo breve va asociado a lo ligero y que tendemos a ello impulsados por la búsqueda de un estímulo rápido y no muy exigente. Pero, más allá de consideraciones del aquí y el ahora, sabemos que en lo breve bien elaborado encontramos la esencia del pensamiento, lo primordial, lo que nos hace reflexionar porque no nos lo da todo masticado, y nos ilumina. A ello se llega por lo general después de un proceso que consiste en desbastar y depurar. Y en ser conscientes de que hablamos de poesía y no todo vale. El chiste, la nadería, la ocurrencia quedan fuera.

P: Que la poesía no consiste en hablar de las cosas bonitas es algo que más o menos tenemos asumido, y desde luego tú, en general, no lo haces, pero aparte de abordar temas duros, aunque tratados de un modo muy peculiar (la vejez, la enfermedad, el suicidio, la muerte, la soledad, el miedo, el desamor, la ausencia, la apatía, la violencia…), diría que hay un territorio lingüístico muy particular que es sólo tuyo. Sucede también en tus novelas, pero en los poemas llama aún más la atención. En general es la propia literatura lo más salvador o sanador de tus poemas, en citas que no van en epígrafes sino dentro de los poemas, pero, aparte, no sé, no es fácil meter un clínex o un yogurcito en un poema [como haces en el que reproducimos abajo completo], o desde luego unos osos Haribo, pero tampoco gusanos, desinfectantes o hasta un bebé rata… Y se habla mucho de comida, de pelar patatas, de picar puerros, de pasar purés… Creo que, más que una búsqueda de lo fugaz, o de lo orgánico, hay una fijación por lo que se corrompe.

 R: Esta pregunta me parece muy interesante, y me lleva a pensar en la importancia de dejar reposar los textos y volver a ellos pasado un tiempo con una mirada distinta, buscando una lectura serena y alejada del momento de la creación que se mueve entre lo vehemente y lo febril, aunque obedezcamos a una reflexión y un planteamiento previos. Es esencial repasar y corregir. Corregir siempre. Ser muy pulcros en la elección de las palabras, controlar el texto y trabajarlo. De no ser así, podríamos caer en el error de creer en la posibilidad de la generación espontánea, dos términos que, unidos, me sirven tanto para lo literario como para lo biológico. Pocas veces algo es espontáneo en mi literatura, y lo que mencionas al final de tu pregunta, «lo que se corrompe», me lleva a esos momentos en los que, tras comprobaciones visuales muy básicas, se creía que ciertas formas de vida elemental nacían de lo muerto de manera espontánea: de un filete putrefacto salían gusanos, y lo más lógico era pensar que brotaban de esa carne podrida. De los espacios húmedos y en descomposición. No hay generación espontánea ni en un campo ni en el otro. De alguna manera, veo relación entre esto y tu pregunta.

 P: ¿Organizas (o te organizan…) mucho las apariciones de tus libros, en el sentido de barajar novelas con poemas, retrasar libros si aparecen reediciones, colar traducciones?

 R: Si echo la vista atrás, tengo la impresión de que las mayores presiones son las mías, las que yo me pueda imponer al escribir en busca del mejor texto posible, lo que implica una labor de corrección constante en la que predomina el perfeccionismo. Es algo que aplico tanto a los poemarios como a las novelas y los cuentos. También a las traducciones. Por este sistema de trabajo, digamos que no soy una escritora rápida, y los libros van apareciendo cuando creo que están realmente cerrados. Cuando están como me gustaría leerlos a mí si no fuera yo su autora o su traductora.

«en lo breve bien elaborado encontramos la esencia del pensamiento, lo primordial, lo que nos hace reflexionar porque no nos lo da todo masticado, y nos ilumina»

P: Tu último libro de poemas hasta hoy, Da dolor, apareció en la fecha nefasta de marzo de 2020… Han pasado cuatro años. ¿Se avecina nuevo libro? ¿Qué será lo próximo tuyo en verso que podamos leer?

R: Antes hablábamos de que siento que puedo escribir prosa en prácticamente cualquier situación, pero eso es algo que no me sucede con la poesía. Podríamos decir que la poesía llega y, en cambio, a la prosa la puedo llamar yo. Hace poco «llegó» un tema que me arrolló y que pedía una forma poética, así que escribí unos poemas que se van a publicar este mismo mes reunidos bajo el título Atractivo carnal.

 

Pilar AdónDORMITORIO

La cabeza apoyada en el cristal
al ritmo del movimiento de las ruedas,
y un olor a desinfectante girando con el calor del motor.
El abrigo que ya sobra.
Casas de ladrillo en los bordes
por un paseo sin bancos.

Ningún cuerpo reluce. No hay rastro
de perfección
en el alargado espacio de este territorio
de materia orgánica y horas de espera.
Color berenjena en las mejillas.
Clínex en los bolsillos.
Zapatos de un marrón plástico.
Y el espacio de luz.
La supervivencia del espíritu
en este autobús que me habla: próxima parada.
Aunque sólo haya tres.
Paseo de Extremadura.
Cortes de pelo sujetos en recogidos de goma
y las dudas en la cara.
Preparándome en el recibidor para entrar
y oír a mi madre exponer de nuevo
lo que ha comido mi padre a lo largo de la semana.
Purecito, verduras.
Pescado. Yogurcito. De fresa.

Detenida un minuto al pie del portal.
Sin teorías ni afirmaciones.
Añorando de mi yo joven
la noción de perspectiva. El pensar ya lo haré.
La amplitud de las horas. La observación de cada posibilidad.
En la distancia. Temporal. Espacial.
Yo
salvando vidas. Yo
oceanógrafa. Yo
espía.
Yo
embajadora en París.
Sin reconocer los ojos que me estudian
desde el espejo del ascensor.

Tanto tiempo ansiando escapar en cada trayecto
y ahora este regreso. Esta expedición de siempre
a la vida de siempre.

Las órdenes (La Bella Varsovia, 2018)

 

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