‘Playa sin mar’: las ideas del bosque

Eduardo Crespo

Insistimos mucho en que La Plaza Invisible se fundó, sobre todo, para llamar la atención sobre las nuevas voces de la poesía, pero eso no implica que tengan que ser voces jóvenes. Hay poetas veteranos que saben esperar a su debut, que deciden vivir, digamos, varias vidas, y hacer que sus primeros libros lleguen tras muchos años de experiencias, meditaciones y escrituras.

Y éste ha sido el caso de Eduardo Crespo (Madrid, 1960), que tras mucho tiempo de altas responsabilidades, largos viajes y diversas vivencias, asistió el año pasado a la publicación de su primer libro, continuada en éste con otro aún mejor, Playa sin mar, publicado en Madrid por Vitruvio.

Eduardo Crespo
El poeta, gestor y viajero Eduardo Crespo, recalando en nuestra Plaza Invisible (con camisa amarilla, by the way). / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Pensábamos que David Leo García había sido el único poeta en ganar el suculento rosco del Pasapalabra, ese popular concurso de la tele, y resulta que no. Hubo otro que se llevó 147.000 grandes alegrías allá por noviembre de 2002, pero lo hizo cuando todavía no era poeta o, mejor, cuando aún no se había revelado como tal (pero él, pensamos, seguramente ya lo sabía…).

Se trata de Eduardo Crespo (Madrid, 1960), quien fuera durante muchos años gestor de parques naturales (subdirector del de Doñana, por ejemplo), y más tarde responsable de las publicaciones del Ministerio de Medio Ambiente, aparte de gran viajero, gran lector, gran tipo. El año pasado debutó con un primer libro de poemas, Las fachadas del límite (Vitruvio, 2023), y cuando casi no había nacido 2024 ha publicado otro aún más asombroso, basado en los mismos tonos y temas pero con un vuelo tremendo, ecologista pero personal, íntimo pero cósmico.

hay de todo en todo en su justa y oportuna medida: testimonio, meditación, protesta, experiencia, imaginación, retrato, autorretrato y celebración

En una primera lectura podría pensarse que el libro comienza en la naturaleza, volcado a ella, centrado en ella, y luego va transitando hacia lo personal, lo autobiográfico, la memoria privada…, pero no es exactamente así, porque, como ocurre precisamente en la naturaleza, todo anda equilibrado pero también un poco movido, más ordenado que exactamente armónico, y hay de todo en todo en su justa y oportuna medida: testimonio, meditación, protesta, experiencia, imaginación, retrato, autorretrato y celebración.

De verdad que hacía falta un libro así, hímnico sin santurronería, sencillo sin atajos ni trampillas, cercano sin recurrir a ninguna fórmula ajena, crítico sin pancartas, hermoso sin unción, y lleno de poemas que nos llevan sin darnos cuenta a lugares sorprendentes e híper-originales [como esos dos, realmente excelentes, que, con el permiso del autor, reproducimos completos abajo], que hablan de lo natural con conocimiento, con implicación y con un amor que no es postizo sino el resultado de años de convivencia, de esfuerzo, de comprensión.

No es Eduardo Crespo el primer eco-poeta al que leemos, pero tal vez es el mejor, o al menos el más consciente

El tema de los toros, por ejemplo, que vuelve a estar de moda últimamente. Es posible que, como dicen algunos, los animales no tengan derechos. De acuerdo, pero no caben muchas dudas de que nosotros sí tenemos el deber de impedir el sufrimiento innecesario, gratuito, o desde luego lúdico, «pues no hay ocio posible con la muerte», como remata Crespo en su poema en el que también se entiende que «Es una discusión inacabable, cuando parecería muy sencilla. / Es mirar hacia dentro y ver quién somos». Como dice Theodor Kallifatides, las personas y las sociedades no sólo se definen por lo que hacen, sino también por lo que deciden no hacer.

Poemas como éste, que podríamos calificar de monográfico, o incluso de aleccionador, de pedagógico, de moral…, convive con otros felizmente dispersos o, mejor, intuitivos, que no son profesores sino duendes. Hay poemas claramente reflexivos, o incluso ensayísticos, barajados con alegría y muy a conciencia con otros abiertamente anecdóticos, escritos a menudo en forma de recuerdos, de brochazos, y también leemos al menos un sueño.  Y un apóstrofe lanzado en confianza a la propia poesía, en el poema con el que se sale del libro.

Más como poema de circunstancias puede ser interpretado el que recuerda precisamente su paso por Pasapalabra, que contiene de paso un homenaje a Constantino Romero (que presentó por casualidad el único programa en el que Crespo se llevó el botín), y también hay aplausos para Jane Goodall, Stephen Hawking, Félix Rodríguez de la Fuente, José Luis Cuerda o, en otro orden de cosas, Henry David Thoreau [en el vídeo-poema incrustado en esta reseña], Walt Whitman o Pablo Neruda.

El que más me gusta a mí es el de Goodall, quien, según su evocador, […] «Alzaba la ternura irrefutable. / Seguía aullando desde las tribunas, / incomodando a títeres políticos, / jugando a ser la líder verdadera, / tomándoselo en serio, como un chiste. // Cogía por el rabo las palabras (naíf, buenismo…, cosas parecidas) / que le escribían quienes no aspiraban a comprender la clave de su lengua, / y fundaba con ellas frases nuevas, / de acción, de humanidad, de compromiso, / en el idioma verde de la jungla. // Cuando conocí a Jane, bendita suerte, / me volví chimpancé para los restos»

Resulta que la gente vive «como si el bosque no tuviera ojos», como si nosotros fuéramos necesarios (cuando más bien sobramos, como se insinúa en el post-apocalíptico pero nada amargo poema titulado Después), y decididamente de espaldas a «las ideas del bosque», a sus enseñanzas, su acumulación, su sabiduría.

No es Eduardo Crespo el primer eco-poeta al que leemos, pero tal vez es el mejor, o al menos el más consciente. Si no el más consciente de la naturaleza, sí de la literatura, pues muestra el apego profundo y definitivo a la tierra sin perderles el más mínimo respeto a las palabras, lo cual pasa por supuesto por jugar con ellas, por retorcerlas y ponerlas a inventar, con un poco de artesano y un poco de hechicero.

Eduardo Crespo

TODO HABÍA ACABADO

Todo había acabado,

pero no lo dijeron.

por eso en nuestra casa seguimos intentando

escribir con minúscula el verso extraterrestre:

la justicia, el amor,

la protección de la naturaleza.

Al final de la noche repartieron los premios.

Nosotros escapamos

a observar la velada desde lo alto del monte.

—-

CONFIDENCIA

Me abracé a la secuoya delante de la gente.

Y la ceñí con todo.

Hubo quien me hizo fotos sin permiso.

El árbol se agachó cincuenta metros,

me susurró al oído

que no me preocupara,

que había consultado en las alturas

y estábamos haciendo lo correcto.

 

*Ficha técnica: Eduardo Crespo, Playa sin mar, Madrid, Vitruvio, 2024

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