Pongamos que hablo de Madrid

Madrid

DERECHO A LA CIUDAD

Hace unas semanas, en un tedioso trayecto de metro, un alegre muchacho de acento cubano aferrado a una guitarra trataba de sobrellevar lo más dignamente posible las envestidas de los viajeros del vagón mientras cantaba. Con una sonrisa que prácticamente rebosaba el limite de las orejas, anunció que su próxima canción era un homenaje a «todas las madrileñas y madrileños majos”. A continuación, unos acordes reconocibles en la guitarra, para continuar con «allá donde se cruzan los caminos…«.

Madrid

Leticia Palomo / @ArtebyPALOMO

Creo que somos muchos los que escuchamos esta canción casi como una tonadilla popular. Es tan familiar e icónica, que siempre me da que pensar. Pero mi pensamiento siempre se revela contra la idea de Sabina de una ciudad de pecado y perdedores. Querido Joaquín, Madrid no es así, y tú lo sabes bien. Es más, el mar está tan concebido en las mentes de todos los aquí presentes, que a veces me parece llegar a casa con arena de playa en los calcetines.

«Pero mi pensamiento siempre se revela contra la idea de Sabina de una ciudad de pecado y perdedores. Querido Joaquín, Madrid no es así, y tú lo sabes bien»

Por eso me apetece contar mi versión de los hechos, del Madrid de las últimas décadas, y un poco más. El Madrid que he vivido, que me han contado mis abuelos y el que he leído en los libros. Una ciudad como otra cualquiera, pero no una ciudad de película producida en Hollywood. Porque, aunque la jeringuilla, la copa de ginebra y otros abalorios hayan estado y sigan estando, la vida y cotidianidad de esta villa nada tiene que ver con esa fábula  cinematográfica. Un madrileño (uterino o por esqueje) tarde o temprano se siente perfectamente representado por el Fernán Gómez de Esa pareja feliz, siendo, en verdad,  Berlanga o Azcona los que deberían componer la letra del himno de la ciudad.

Si alguien me pide la descripción de mi pueblo, le diré que Madrid es una zarzuela. Un plato de pescados y mariscos muy variados en su biogenética y en su calidad, aderezado por una salsa intensa, o si se prefiere una obra musical amena y chusca. A ver de dónde sale tanto gusto por los calamares rebozados, el bacalao, el embrollo y el jaleo.

MadridPor muy cruel que resuene esta semblanza en el hipster, en el moderno o en el que se cree in the city, Madrid sigue siendo un patio de vecinos del XIX, una callejuela sucia del XVIII, una plaza de comadreo del XVII, y así hasta su fundación. Y si no, que alguien me explique cuál es la diferencia entre una mañana de sábado en La Latina (a pesar de su profusión de gafas de sol y postureo), de un libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw, autores entre otras de La Revoltosa.

Invito al que se sienta contrariado por este rebajamiento del brillo de la urbe a que se pasee por Malasaña en una mañana cualquiera y se fije en la gente que allí vive y trabaja, fielmente acompañadas de su carrito de la compra, charlando en las esquinas y esquivando furgonetas de reparto. En ese barrio sin ascensores y por donde las ambulancias apenas si pueden pasar, allí digo, los personajes del número lírico de Malasaña no se desquician por la última creación alcohólica de la Vía Láctea o el Penta, ni siquiera por la ropa a precio de lujo de las tiendas de segunda mano.

 

Madrid

Cada uno tiene en la cabeza su personaje y su propio sainete. Cada una y cada uno sabe bien el papel que tiene que interpretar para que el barrio siga siendo eso, el barrio que dependiendo del día o de la hora interpreta una canción gentrificada u otra a gusto de los intérpretes.

Porque Madrid es la ciudad en la que (ya lo dijo Pío Baroja sin tapujos), los gorriones se pasan las horas de sol riñiedo, y los niños desgañitándose en los minúsculos aparcaniños con columpios que el ayuntamiento tiene a bien salpicar por aquí y por allá.

Joaquín, las niñas nunca hemos querido ser princesas, y a los niños les ha dado alergia el traje de marinerito en todas las épocas. Los madrileños, en fin, solo queremos nuestro huequito (al coste más razonable posible) para representar, a nuestras anchas, el papel que hemos elegido en este sainete castizo.

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