«Puede que sea cierto que el poder corrompe…»

Poder
‘Afuerismo’ de Carmen G. Aragón, alias Jean Murdock. Ilustración de Germán Gullón.

Poder

Poder, tercer ‘Afuerismo’ de la serie iniciada con Decencia y seguida de Demagogia. Imaginados por Jean Murdock e ilustrados por Germán Gullón, dos de las mentes más preclaras, eclécticas y divertidas de nuestra particular galaxia cultural. Un lujo que, pronto, podréis coleccionar en formato impreso e inesperado…

Editorial / La Línea Amarilla

Según la célebre cita de lord Acton, «el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente».

«Absolutamente», es decir, por completo. Pero ¿se puede ser corrupto a medias?; ¿corrupto y no corrupto a la vez, a la Schrödinger? ¿Se puede estar solo un poco embarazada, ser solo un poco asesino? Un mentiroso, ¿sigue siendo un mentiroso cuando duerme?

Muchos han expuesto lo mismo que Acton. Y, sin embargo, ¿ansiar el poder no es ya un síntoma de corrupción? O, visto de otro modo, ¿no puede haber también quien, considerando el poder solo como un medio —y no un fin—, aspire a él para procurar el bien común en lugar de perseguir solo el interés propio?

Teniendo en cuenta cómo está el patio, esto último se nos hace cada vez más cuesta arriba, más difícil de creer. No solo porque haya megalómanos que ansían el poder a toda costa, sino porque hay un elevado porcentaje de lo que podríamos llamar «colaboracionistas del poder», gente que, embebida de la idea de que estar cerca del poder te hace poderoso —quien a buen árbol se arrima…—, o que simplemente es incapaz de acaparar poder de otra manera, se pega como un colegial sumiso de alma agusanada al abusón que le da de comer sus migas.

Se podría dibujar ahí un paralelismo entre lo que dijo Marianne Birthler, disidente del régimen de Alemania Oriental, sobre el colaboriacionismo: que no era lo interesante, dado que el 99 % de alemanes orientales fue colaboracionista; que lo interesante era la disidencia, puesto que era mucho más rara.

Lo difícil es no contaminarse, ya sea del deseo de poder —o incluso de su sombra y de sus sobras— o de la ideología dominante.

Además, ¿a cuántos no les resulta facilísimo excusarse echando mano del tópico? «No he sido yo, ha sido el poder». De este modo la culpa no la tiene nadie, solo unos cuantos conceptos abstractos: al violador le pierde la lujuria; al ladrón, la avaricia, etc. Por no hablar del manido adagio: «Si no lo hago yo, lo hará otro».

Hay estudios psicológicos, como recoge este artículo del Washington Post, que demuestran que el poder no corrompe, sino que solo amplifica la personalidad. (Como el alcohol o las redes sociales.)

Según esos estudios, parece ser que muchos de los que ansían el poder ya están, efectivamente, corruptos: lo buscan para sí.

El mencionado artículo también contempla el caso del experimento de la cárcel de Stanford, que consistió en adjudicar papeles de presos y carceleros de forma aleatoria a los participantes y dio como resultado que los «carceleros» acabaran desnudando a los «presos» y obligándolos a dormir sobre el suelo de hormigón.

Al principio el estudio de Stanford se vio como una confirmación de que el poder corrompía, pero, tras examinarlo más detenidamente, se comprobó que los voluntarios que participaron en él presentaban un porcentaje de agresión y creencia en la dominación social cerca de un 26 % más elevado, y además eran un 12 % más narcisistas y un 10 % más autoritarios y maquiavélicos que las personas que se ofrecían para participar en estudios psicológicos en general.

El artículo menciona otros casos jugosos, aunque todo el mundo puede encontrar estudios y razones a favor o en contra, e incluso imponerlos o censurarlos si tiene el poder de hacerlo.

La eterna pregunta es: ¿contiene el huevo a la tortilla? No necesariamente. Pero lo malo del poder por el poder es quedarse sin tortilla después de haber roto los huevos. A menos que te gusten revueltos.

¿Hay funámbulos con vértigo? No digo que no, como también hay quien renuncia al poder y a sus ventajas —sueldos vitalicios, puertas giratorias, privilegios—, y quien se mantiene fiel a sus principios; son los «disidentes» que usan el poder como un medio, los que no hacen la pelota al abusón, de los que depende, en definitiva, la democracia.

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