‘Pureza’: me veo artesana de mí

Irene Domínguez

Cualquier poeta cuya obra nos guste o cuya actitud nos creamos puede ser convocado o aplaudida en La Plaza Invisible, pero nunca hemos disimulado que sentimos preferencia por (y, por tanto, damos prioridad a) la buena poesía joven, con especial atención a las óperas primas.

Hoy la poeta Irene Domínguez (Toledo, 1996) se acerca hasta la plaza con la suya, toda una lección de Pureza con la que la autora resetea su propia vida, y que, por haber merecido uno de los accésits del Premio Adonáis de 2022, ha sido publicada en Madrid por Ediciones Rialp.

Irene Domínguez
La poeta Irene Domínguez, con su primer libro bajo el brazo, en nuestra Plaza Invisible. / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Sucede con significativa frecuencia que entendemos perfectamente que el segundo libro de alguien es objetivamente superior al primero, mejor en casi todos los sentidos… y sin embargo preferimos el debut, lamentamos el aprendizaje, echamos de menos algo que no sabríamos explicar, pero que tiene que ver con la inocencia verdadera o incluso con la ingenuidad, con una pureza preciosa y convincente que después, al “mejorar” o al “evolucionar”, se perdió.

Y Pureza se titula, precisamente, el primer libro de Irene Domínguez (Toledo, 1996), que intuyo que, de forma paradójicamente madura, tiene en cuenta lo que decía en el párrafo anterior y juega a conciencia con ello. Es algo que no sospecho tanto por el título, que también, como por la mirada y el tono de muchos de sus poemas, y no pienso sólo en los escritos “desde” la infancia, adoptando o recuperando la voz de una niña, sino en los de la mujer adulta, la poeta consciente de lo que está haciendo, esa que verso a verso, más que contarnos su vida, la reinventa al repensarla.

No sabemos, quiero decir, cómo serán los siguientes libros de la autora, pero me parece que aquí, muy conscientemente, está ocupándose de los temas que le importan o le preocupan declarando además el apego a un tono, a una mirada que probablemente “progrese” en libros futuros, pero que, teniendo su origen en esta Pureza, deja también sellada su verdad más profunda, su identidad no literaria sino elemental, primaria, con cálculos pero sin trucos, de un modo estratégico pero también genuino.

domínguez inaugura su obra con las palabras que fueron realmente suyas, aunque tenga que rescatarlas, recordarlas, revivirlas

Dicho de otro modo, más retorcido: aquí Domínguez dice lo que desea o necesita decir, pero, “quitándose años”. Lo hace queriendo encontrar la voz más puramente candorosa y a la vez locuaz, inaugurando su obra con las palabras que fueron realmente suyas, aunque tenga no que forzarlas o inventarlas, pero sí, quizás, rescatarlas, recordarlas, revivirlas. No en vano ya viene a declarar ella en el segundo poema (que reproducimos completo abajo) que anhela ser «artesana de mí».

Porque en el fondo casi todo es pasado en este libro: están los primeros amores ya juveniles, e incluso se alcanza en “presente perfecto” una estabilidad sentimental también celebrada en algún verso, pero antes en el calendario (y por todas partes en el libro) están los juegos infantiles, el descubrimiento del mundo, las cosas del recreo, los mordiscos a otros niños, cuando se juega «a ser invisible / y creer en la libertad de no importar a nadie». Y tiene muy especial presencia, desde el principio, la memoria del padre, al que se homenajea en elegías muy hermosas, machadianas, y también, indirectamente, con la confesada obsesión por «honrar los apellidos».

Al modo de Walt Whitman, que exclamó que «yo contengo multitudes», Domínguez se ve en ese poema-manifiesto como una matrioska, y esa intuición de ser muchas articula en libro en cinco secciones, donde va desarrollando o glosando a las diferentes mujeres que ella misma encuentra en ella misma. El explícito juego culmina en el poema final, donde las distintas muñecas de madera, digamos, se reconcilian, vuelven a unirse pero ya no una dentro de otras, en plan jerárquico, sino fundidas, asimiladas todas para cerrar así los años de la dispersión y dar a luz a la poeta a la que podremos seguir leyendo: «Así acabo guardando / otra, otra, otra en una. / Donde al fin quedamos / sólo yo y la pureza».

Domínguez es, por otro lado, experta en nuevas músicas: escribe habitualmente en prensa sobre reguetón, flamenco reformista o electrónica, y esas referencias también se pueden rastrear no tanto en los versos como en los epígrafes, en alusiones o en citas. La Niña de los Peines, Camarón de la Isla, Carlos Tangana o Britney Spears conviven con Safo, san Juan de la Cruz o Juan Ramón Jiménez. Es algo a lo que vamos a tener que estar cada vez más atentos quienes ya no somos jóvenes: cuando se cite a Quevedo, tal vez no sea el barroco; cuando se mencione a Rosalía, acaso no se trate de la gallega.

mezclando mucho talento poético con algo de la chulería y el arrojo y la “actitud” de los escenarios, ‘Pureza’ es un libro tierno y callejero a la vez

No se puede ocultar que los poemas de Domínguez, notablemente narrativos (que no prosaicos), tienen algo que ver con la llamada “poesía juvenil” o “nueva poesía”: ciertos rasgos, una base confesional que tiende a lo naíf, ciertos modos, un ritmo, algún tic…, pero a la vez es imposible no ver hasta qué punto Pureza está por encima de lo que esa reciente línea lírica suele ofrecer. No en vano ella ha sido estudiante de Literatura, y se le notan las lecturas por todos lados, aparte de que, insisto, creo que en este libro hay mucha más organización y más intenciones secretas de las que se adivinan a primera vista.

Y mezclando mucho talento poético con algo de la chulería y el arrojo y la “actitud” de los escenarios, Pureza es un libro tierno y callejero a la vez, un libro orgulloso y a veces altanero pero también agradecido por todo lo heredado, un libro que necesita hacer balance de todo el pasado para dejarlo, digamos, colocado, resuelto, cancelado, y poder mirar hacia delante. Y hay muchas declaraciones lanzadas al viento porque en el libro se afirma una rotunda fe en eso que ahora se llama “el amor romántico”, es decir, en el amor. Y es un libro muy periférico (no tanto de barrio como de pueblo con raíces y con alma) que contiene muchos poemas sobre Madrid: se nombran sus calles pero también se vislumbra su corazón, se habla de su Centro y así se descubre su centro…

Tomás Segovia dijo una vez que en los poemas uno no ha de rebelarse sino revelarse. No sé si estoy muy de acuerdo con lo segundo pero sí sé que hay poetas que aciertan en ese camino de la auto-expresión, de la confidencia, del auto-análisis integral. Si se hace sin exhibicionismo, sin sobrevalorar anécdotas inanes, sin escribir mirando hacia las gradas, sin presumir de lo que se comparte con cualquiera… se tiene mucho ganado.

‘Pureza’ quedará como el primer capítulo de una novela muy íntima

En todos esos sentidos, Irene Domínguez ha sabido colocarse en un buen palco desde el que verse, pensarse y hasta juzgarse, y lo hace en versos de difícil sencillez, de niña lista y sensible, de chica valiente y curiosa, de mujer reflexiva y consciente. Pureza quedará como el primer capítulo de una novela muy íntima.

 

Irene Domínguez¿Has visto qué desastre?

No tengo padre ni casa.

He perdido de fiesta más pendientes

Que personas me han querido.

Aun así, creo en el amor eterno.

 

¿Has visto qué desastre?

Desde pequeña quise hacer cosas de niños.

Insistía a mi padre en que me dejase fumar

y jugaba a las cartas, y me apunté a ajedrez

con chicos que terminaron ofreciéndome cigarros.

Arrastré una bici rota hasta casa

porque no quise necesitar la ayuda de nadie.

 

¿Has visto qué desastre?

Estoy envenenada y ni siquiera me acerqué al árbol.

Mordí a un niño en la guardería porque le quería mucho.

No me reconozco en ninguna de mis fotos.

Todo el que toma un pedazo de mí

acaba cortándose.

 

¿Has visto qué desastre?

Tengo dos cicatrices en el pecho,

una bandeja de plata con sangre seca

y un cuchillo, y si me corto

tardo un rato en enterarme.

 

¿Has visto qué desastre?

Como tomates crudos a bocados.

Fui muy pobre y muy feliz en Madrid

y ahora sólo soy pobre en Sonseca,

y aun así estoy segura de que algún día

tendré la colección completa de clásicos Gredos.

Mi padre fue albañil y mi madre costurera.

Si hubiese atendido a sus oficios

sabría cómo arreglar mi vida.

Ahora me veo artesana de mí,

tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.

pero mira tú qué desastre.

Dentro de mí sale una,

y otra,

y otra…

Ficha técnica: Irene Domínguez, Pureza, Madrid, Rialp, 2023

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