‘Que se contradicen’: en el tobogán y en el murmullo

Carmen Rotger

Becaria hoy en la Residencia de Estudiantes, tras haberlo sido en la Fundación Antonio Gala de Córdoba (donde terminó dos novelas que desde ya nos morimos por leer), Carmen Rotger (Palma de Mallorca, 1996) publicó hace apenas una semana Que se contradicen, una ópera prima asombrosa en muchos sentidos.

Onírico, divertido, misterioso, imprevisible y deslumbrantemente poético, este gran poema en prosa dividido en 66 (¿o 67?…) fragmentos ha merecido el IV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona, otorgado por un jurado, donde, entre otras y otros, figuraban nuestros invisibles María Ángeles Pérez López y Ben Clark.

Carmen Rotger
Carmen Rotger, visitando una soleada Plaza Invisible. / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Se abre el telón, y sobre el escenario hay una mesa, y sobre ella sólo se ve un libro delgado y de cubierta verde. En la solapa de ese libro se explica que el texto que contiene se articula «a través de 67 capítulos u oraciones que repiten y transforman las mismas imágenes”, pero lo cierto es que, después, ese único poema largo que leeremos está dividido en sesenta y seis fragmentos numerados. ¿Lo de la solapa es, entonces, un gazapo, o es una primera pequeña gamberrada en un libro que —intuimos— contiene bastantes, o es acaso una primera pista importante? Dado que en el libro no hay una sola errata, es tentador inclinarse por esa última opción.

Tal vez la autora del libro nos está insinuando que el título, Que se contradicen, ha de ser entendido como una pieza más. O tal vez se refiera a la dedicatoria («Al recuerdo de Joana Rotger Ordóñez”), una línea, que, por incluir explícitamente la muerte, tal vez adelanta uno de los temas secretos del poema, que sería un duelo que no se nombra pero que pesa, algo de lo que no se vuelve a hablar directamente pero que va a estar ahí, tácito, todo el tiempo. Y ahí, sea donde sea, es donde dejamos también nosotros ese misterioso fragmento 67, que será para siempre el fragmento fantasma.

un solo poema estructurado a tramos y sin versos que cuenta una historia, aunque sea una historia extraña, de clima innegablemente onírico y con personajes que son alegóricos de un modo digamos extremo

El telón, en fin, sigue abierto, y sobre el escenario la mesa, y sobre la mesa el primer libro de Carmen Rotger (Palma de Mallorca, 1996), un libro de poesía que es también un libro narrativo, un solo poema estructurado a tramos y sin versos que cuenta una historia, aunque sea una historia extraña, de clima innegablemente onírico y con personajes que son alegóricos de un modo digamos extremo.

Quiero decir que si de ese libro que hay en el escenario viéramos salir a sus habitantes, no veríamos al Honor, o a la Enfermedad, o a la Codicia, o al Rey, como en el teatro medieval, sino a “Todos Los Hombres”, “un filósofo muy guapo”, “un cordón de pequeñas madres”, “un Año Sabático”, “un niño de doce años”, “una película con (o sin) argumento”, “un pintor” o “una anciana que quiero ser”, es decir, algo más parecido a una canción de El Niño Gusano que a un paso de Lope de Rueda o a un auto sacramental de Calderón, y no apunto esto por pedantería sino porque sospecho que en este libro lo lúdico y lo sagrado están unidos de un modo muy particular, y que lo que tiene en algún momento de humor sobrio pero obvio despista de la enorme seriedad, casi gravedad, que se adivina de fondo. Ya aviso de que yo no voy a saber explicar qué es lo que sucede en este poema, pero sé perfectamente que lo que sucede no es una broma.

Sobre el escenario hay, pues, un libro de colores vivos y sonrientes que contiene un poema casi oscuro de tan enigmático. Un poema de tono deliberadamente ambiguo, fluctuante entre la comedia y lo metafísico, y que es el monólogo con el que una narradora, tal vez en sueños, hace la crónica de lo que le pasó en esa taberna mozárabe próxima al mar donde comienza todo (y con “todo”, recordemos, no sólo me refiero a este libro sino a la obra literaria de Rotger, o al menos la publicada).

Algunos de los fragmentos comienzan con la declaración de que No estoy sola (precioso ese, el 3, que dice, simplemente, que “No estoy sola porque hay una lectora”, introduciendo a un nuevo personaje y destrozando las fronteras internas o externas del texto) y en otros se explica que “Estoy sola”. El hecho de que, como sucede en los sueños, más bien dé la sensación de que todo lo que se va contando sucede simultáneamente, o en un periodo de tiempo en todo caso muy breve, de pocos minutos, hace que cobre quizá una nueva luz el sugerente título del libro, y que esas “verdades que se contradicen” (sintagma que se lee veces a lo largo de las páginas).

Carmen Rotger

Pero hay más “contradicciones”, por supuesto, o incluso incoherencias, momentos en que un mismo personaje (o lo que parece tal) se comporta de modos que se dirían incompatibles. Al margen de la administración del absurdo que en este libro se da (algo que, de todos modos y de nuevo, tiene más que ver con los sueños que con las vanguardias, aunque ya sé bien que muchas de esas vanguardias se inspiraban sin disimulos en los sueños), creo que una de las claves principales del asunto es la defensa del asombro, la celebración del no saber lo que puede llegar a pasar en un contexto en el que, según se va viendo, puede pasar absolutamente cualquier cosa, por delirante que pueda resultar.

Me tienta pensar que la poesía que sucede en el escenario de este libro no es tanto el resultado de una meditación, ni siquiera de una inspiración, como una aparente improvisación

La narradora asiste a todo lo que le sucede de una forma bastante pasiva. Ella está ahí y ocurren cosas, aparecen seres o criaturas, acontecen pequeños hechos que van modulando el ritmo y el tono del poema, al tiempo que colorean o matizan los sentimientos que aquél va inspirando. Y aparte de un acercamiento muy gozoso a las palabras (olíbano, gubia, rasguñar, rebobinar, matrioshka…), hay que tener en cuenta que en una de las pocas meta-explicaciones que en la narración se dan se explica que “el discurso no es racional, sino musical, y que hay que bailarlo”.

Me tienta pensar que la poesía que sucede en el escenario de este libro no es tanto el resultado de una meditación, ni siquiera de una inspiración, como una aparente improvisación que —se afirma también en la solapa— “trata de encontrar algo verdadero”. Pero sé que no es exactamente así. Creo que a la autora le ha sucedido lo que a su narradora: si se me permite una nueva contradicción, se ha dejado llevar de un modo muy consciente, y ha lanzado sobre el papel no una experiencia sino un arrebato. Nunca la irracionalidad habrá sido tan racional y pensada, y el resultado es un libro de veras delicioso, fascinante, hermosísimo y hasta bondadoso o noble, inquietante pero acogedor. Un libro que establece una relación de cariño con una realidad que sin embargo no basta, y que se derrite para dar paso a otro tipo de conocimiento creativo del que sólo la poesía puede dar cuenta.

Sobre el despojadísimo escenario tenemos, pues, el libro narrativo menos narrativo del mundo, e incluso quienes defiendan que esto no es poesía tendrán que admitir que, las llamen como las llamen o las clasifiquen donde las clasifiquen, estas prosas rebosan poesía, una mirada lírica ya no sólo sobre el mundo de todos sino sobre los muchos mundos particulares de cada uno, y concretamente estos que han asaltado a Carmen Rotger y, se diría, le han susurrado o inducido o incluso dictado uno de los libros más especiales, osados y refulgentes de lo que llevamos de 2024.

 

Dos fragmentos de Que se contradicen:

 

Estoy sola y hay una chica que cada día cree que empieza a estar sola. Al lado hay una madre que mira y quiere hablar. La chica da un salto y la pierdo de vista. Aparece un Año Sabático en el lugar donde estaba la chica, y sujeta un manojo de olíbano. En la otra mano una matrioshka de espejos o viceversa. Me mira, advirtiendo. Y de repente el Año sabático se convierte en un pintor que dice que hay que dar imagen al Año Sabático. El pintor me mordisquea una mano y se va. Y vuelvo a estar sola, pero quiero estar sola.

Estoy sola en la playa y escucho una escena. Un niño que tendrá doce años habla con una madre que sal del cordón de madres. Le dice que ha tenido una pesadilla y que está asustado porque no sabe cómo acaba. La madre mete la mano en un sobre y saca una respuesta. Lee “no te preocupes, he soñado lo mismo y termina bien”.

 

*Ficha bibliográfica: Carmen Rotger, Que se contradicen, Valencia / Estepona, Pre-Textos / Ayuntamiento de Estepona (col. Poesía, 1917), 2024. IV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona.

 

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