Salem 3.0

Salem

Cuenta Patricia González, historiadora y autora del magnífico Soror. Mujeres en Roma (editado por los valientes de Desperta Ferro Ediciones y recién presentado en el Museo Arqueológico de Madrid – no se lo pierdan, en serio-) que, en Roma, claro que hubo mujeres ricas y famosas. Aunque me apuesto lo que quieran a que, si preguntamos por alguna de ellas, quizás podremos nombrar a una o dos, así, muy por encima. «Hubo romanas temidas y romanas de quienes se esperaban beneficios y recompensas. Y, además, hubo enemigas de Roma, que se enfrentaron a la sociedad y a sus prejuicios. Y eso, para Roma, era imperdonable. Estaba bien visto que una mujer fuera poderosa, mientras se adaptara sumisa a la tutela masculina y a la propaganda de la élite», escribe González.

Eso, para las nacidas en buena familia, aunque tampoco estas tenían derecho ni a un nombre propio. «A mediados de la época republicana – explica González- ya solo eran nombradas por el nomen, el elemento que era común a toda la extensa familia (…). La hija de Cayo Julio César se llamaba solo Julia. Si hubiera tenido hermanas, todas se hubieran llamado igual». Todos sabemos que, lo que no se nombra, no existe. Simple.

Para las nacidas fuera de las élites (si es que sobrevivían tras el parto, ya que un varón siempre era recogido por el padre, mientras que una niña frecuentemente era expuesta para abandonarla), esa invisibilidad era todavía mayor. Simplemente, las mujeres eran consideradas inferiores a los hombres a causa de su naturaleza.

¿Su naturaleza? Si, sí. Los romanos (y antes que ellos los griegos, egipcios y prácticamente cualquier civilización desde el neolítico hasta nuestros días) tenían muy claro que la versión que más convenía al patriarcado era asociar a la mujer a la noche, a la naturaleza, a la emotividad, al lado izquierdo, a la magia. En contraposición, el hombre se asociaba al día, a la polis, a la racionalidad, al lado derecho, a la ciencia. Eso que a veces desde el empoderamiento feminista nos parece tan místico (esa comunión mágica con la naturaleza), ha servido, en realidad, para la construcción social -y política- de la inferioridad de la mujer respecto al hombre desde hace milenios a través de los mitos, la propaganda y las propias deidades.

«La versión que más ha convenido siempre al patriarcado es asociar a la mujer a la noche, a lo oscuro, a lo mágico, a la naturaleza, a la emotividad»

Ha servido también, unos siglos más tarde, para socavar a todas aquellas mujeres que han desarrollado un saber, una ciencia. Brujas, las llamaban. Siempre conectándolas con lo oscuro, lo mágico, lo irracional. Y las quemaban, claro. El patriarcado no podía, de ningún modo, poner en peligro la civilización en manos de las volubles, las destinadas a, con su sangre a perpetuar la especie (una sangre que también se construyó muy oportunamente como tabú y como prueba de inferioridad). Nuestra sensibilidad (otra vez el mundo de lo sensible, de lo irracional) nos venía dada precisamente para poder cumplir nuestro cometido: la maternidad.

Y de aquellos polvos, estos lodos.

¿Les parece un pensamiento circunscrito a la Antigüedad y a la Edad Media? Cuando en 1931 Clara Campoamor peleaba en el Congreso de los Diputados por conseguir el derecho al voto de las mujeres, uno de los argumentos más esgrimidos en contra fue que las mujeres no estábamos capacitadas mentalmente, racionalmente, para decidir un voto más allá de nuestra emotividad.

Eran unas ideas reforzadas (argumentadas) desde la ciencia (gracias, siglo XIX) y desde esas voces masculinas que pueblan nuestros libros: Freud, Gregorio Marañón, incluso Ortega y Gasset, con su científico argumento: si comparamos a la mujer con el hombre nos convenceremos de que en la mujer predomina el alma, «tras la cual va el cuerpo», pero muy raramente interviene el espíritu, potencia del intelecto y de la voluntad. De esta evidencia, Ortega infiere la volubilidad natural (¿recuerdan La donna è mobile? Una de las arias más repetidas en la historia de la ópera) e irracionalidad de la mujer. [Gasset, Ortega: Vitalidad, alma y espíritu, 1924].

¿Les sigue pareciendo una barbaridad propia de hace casi un siglo? Esperen, que ahora viene lo espeluznante.

Cuando cinco mujeres políticas, con cargos públicos (entre ellos, la vicepresidenta del Gobierno y la alcaldesa de la segunda ciudad más importante de España), que gestionan millones de euros al año, que tienen en sus manos decisiones que afectan a nuestras vidas cada día, se reúnen para hablar de política, para repensar la manera de gestionar lo público desde el poder, son calificadas nada menos que de brujas y de charitos.

«cinco mujeres políticas, con cargos públicos, se reúnen para repensar el poder. eso, para el líder de la derecha política española, es un ‘aquelarre radical’. son, ni más ni menos, brujas»

Lo de charitos vamos a obviarlo – con desdén transoceánico– tanto por la estupidez modo macho ibérico que encarna la expresión, como por el personaje que la ladra. Pero lo de brujas sí hace saltar, de nuevo, todas las alarmas. Primero, porque quien lo dice, quien compara un encuentro político liderado por cinco mujeres con un «aquelarre radical» es, ni más ni menos, que el líder de la oposición. Alguien que podría perfectamente ser presidente del Gobierno.

Y segundo, porque el calificativo que usó el líder de la derecha política en España entronca con la línea patriarcal y machista que atraviesa la historia de la Humanidad desde hace 6.000 años. Pero, especialmente, desde nuestros queridos antepasados romanos. Con una sola palabra, todos los Salem vuelven a nuestra cabeza y nos ponen los pelos de punta.

Es probable que el líder de la derecha política en España no tenga suficientes conocimientos históricos, ni antropológicos, ni etnológicos. Y ese desconocimiento refuerza lo peligroso de la definición usada: le salió de las tripas, de lo atávico, de lo más profundo de esa larga línea de hombres que han querido silenciar a las mujeres cuando estas han salido del papel asignado por el patriarcado.

No crean que el líder de la derecha política en España describió el encuentro como un «aquelarre» porque Yolanda Díaz, Mónica Oltra, Ada Colau, Fatima Hamed Hossain y Mónica García sean políticas de izquierdas. Que también. Pero en este caso, algo más profundo que la legítima pugna política retumbó en la parte más irracional de su cerebro: el miedo a perder el status quo patriarcal.

Algo parecido, como apuntaba hace poco Almudena Grandes, le está pasando con las mujeres de la derecha política que se atreven a sacar los pies del tiesto. Y no, no estamos hablando de las féminas de la ultraderecha (que se mantienen sumisas tras el pecho palomo del líder supremo). Estamos hablando de las mujeres del espectro político conservador que le están cuestionando su liderazgo, en el pasado o ahora mismo, desde Soraya Saénz de Santamaría hasta Isabel Díaz Ayuso.

Núria Ribas / @nuriaribasp

*Más Atenea lo sabía: María Blanchard, el compromiso silenciadoLa tribu global o mensaje en una botella Cuando el reaccionario ladra, algo estaremos haciendo bien

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