‘Salto de fe’: otra ventana a la que alguien se asoma

Marcos Nogales

Cumpliendo con su primera voluntad o vocación de atender óperas primas, poetas debutantes, nuevas voces… La Plaza Invisible abre todas sus cancelas para recibir a Marcos Nogales (Móstoles, Madrid, 1994), que acaba de dar no tanto su primer paso como su primer Salto de fe.

Bañado desde ese título por un cristianismo activo pero también inclusivo, gozoso, meditativo…, Salto de fe ha sido publicado en Madrid por Ediciones Rialp tras recibir uno de los accésit de la última convocatoria del Premio Adonáis.

Marcos Nogales
El debutante Marcos Nogales a su paso por La Plaza Invisible. /Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

«La banda sonora de las vacaciones, / cuando todos son felices y es por ti. / La primera carcajada de los niños / que aprenden a reír al imitarte»

Hay algo alegremente inaugural en este Salto de fe, y no lo digo por la obviedad de que se trata de un primer libro, sino por el espíritu que lo mueve, que no es el de la creación sino, diríamos, el de la Creación, no el de la terrenal literatura sino el de la poesía que acierta a mirar hacia arriba.

La poesía es, al fin y al cabo, un híper-lenguaje, formado por palabras a las que, como hacemos con una bomba ante las ruedas o a los balones, inflamos o inflamamos o encendemos cuando las llevamos a un verso. La mayor vulgaridad se hace un poco sagrada en cuanto adquiere la forma de poema, y ése es su primer poder transformador: la buena poesía convierte cualquier disparate en verdad. Al menos un poco.

Si esa verdad ya era Verdad antes, entonces el efecto trascendente se multiplica, y es así como creo que debemos afrontar este libro: yo ya no soy creyente pero Marcos Nogales (Móstoles, Madrid, 1994) sí, de modo que probablemente Dios no exista allá fuera, pero desde luego en este libro Dios existe de un modo activo y lo anima y lo eleva.

[Un inciso: de lo que no hay ninguna duda es de que van a ir al Infierno para siempre todos aquellos que, en vez de «Dios», escriben «dios», ya que, como decía, es bastante posible que no exista, pero tampoco existen Mickey Mouse o Peter Pan y a nadie se le ocurre ponerlos en minúsculas. Dios es un sujeto, un nombre propio, y en nuestro idioma ha de ir en mayúsculas que no son solemnes o sumisas sino preceptivas. Y, por otro lado, la frase «Dios no existe» es un poco absurda: hay poquísimas personas reales que hayan tenido un impacto más real que él en la Historia. Probablemente no creó nada, pero lo ha cambiado siempre todo. No hay nada que no exista que haya actuado más]

Centrémonos, por fin: el catolicismo que, desde el título general, tiñe las tres secciones de esta delgada ópera prima no es una fe de flagelarse sino de gozar, y no por hedonismo sino por sentido común. No debería existir ninguna religión, o ninguna ceremonia, o ningún credo… que no esté ahí para hacernos felices, para ayudarnos a serlo o para que podamos hacer que los demás lo sean.

el catolicismo que, desde el título general, tiñe las tres secciones de esta delgada ópera prima no es una fe de flagelarse sino de gozar, y no por hedonismo sino por sentido común

En estos veintiséis poemas hay veranos (lo hemos visto en el primer párrafo), y hay amor (precioso el poema Los libros gemelos), y hay música, y viajes, y niños futuros, y hay humor (a veces un tanto ingenuo), y hay también Una extraña pesadilla (que es «La posibilidad de seguir estando / aun cuando tú me faltes»), pero también ensoñaciones buenas, reflejos de complicidad, bonitos encuentros con los otros: «Desde mi ventana se ve otra ventana, / no un árbol, no el cielo o el mar, / otra ventana a la que alguien se asoma / y también mira esperando algo más». Lo cual quiere decir que también hay rimas, pero me parece que ésta es la única.

Mucho más habituales que la rima entre los poetas españoles nacidos en los 90 son las referencias al mundo social que se han encontrado, quiero decir a la precariedad, que aquí comparece en el poema Volver («estamos todos / peleando por ser quien más aguante / en el trabajo, contra la ansiedad / en el mercado, contra los precios / y en la derrota, contra la vergüenza. // Una juventud condenada / a tener lista la maleta»…). Y a veces ese desaliento se convierte en atrevimiento, adquiriendo fórmulas que rozan la irreverencia: «Cómo sobrevivir a tantas cruces / si Dios sólo se enfrentó a una».

Pero no sólo se mira a ese presente, sino a la memoria (convertida en homenaje al abuelo en el poema Herencia) o incluso al tiempo sin tiempo del futuro, como en Preguntas incómodas, cuando el poeta fantasea con el momento en el que dibujará con su aún nonato hijo un árbol genealógico en el que ya nadie recuerda los nombres de los tatarabuelos, lo cual será el destino común: «veo ante mis ojos mi futuro más lejano: / estoy condenado a convertirme / en un rectángulo lleno de silencio». En cien años todos en blanco.

Como la eucaristía, la poesía es (o debería ser) un sitio donde algo se cumple. Nos han prometido algo y llega un momento en el que eso se da, un tiempo o un lugar donde culmina ese gran compromiso. Marcos Nogales es un lector de poesía que ha sabido esperar a soplar las treinta velas para lanzarse a publicar y, con este Salto de fe entre las manos, no hay duda de que este primer paso de su obra, más vertical que horizontal, lo ha dado ya en el buen camino.

Marcos Nogales

PEDID Y SE OS DARÁ

 

… porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.

Mateo 7, 8.

 

Los teléfonos de mis padres,

las direcciones donde he vivido,

algunas fechas señaladas,

nuestras canciones favoritas.

 

Poco más sobrevive al olvido:

Mateo siete, del siete al doce,

y un puñado de promesas

que resisten al embate del tiempo.

 

Si la memoria obedece al corazón

y no a la mente, ¿cómo podré querer

cuando acabe el deseo? Ese extraño anhelo

que lucha para que el amor sea amor

 

y no un recuerdo.

 

*Ficha bibliográfica: Marcos Nogales, Salto de fe, Madrid, Rialp (col. Adonáis, 698), 2025 (29 de enero). Accésit del Premio Adonáis 2024.

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