Shirley Jackson: de malabarista a clásico

Shirley Jackson

IDENTIDADES

Shirley Jackson

En 1949, Shirley Jackson escribió a Ralph Ellison: «Lo estoy pasando en grande escribiendo una novela con la mano izquierda y un relato largo […] con la derecha, removiendo un pudin de chocolate con una cuchara entre los dientes y cambiando la tele de canal con los pies».

Tildada de bruja, corregida de «escritora» a «ama de casa», narradora de relatos domésticos, ensalzada como «maestra del terror», pero rebajada a «autora menor». Ella misma decía que no sabía bien quién era. Shirley, Shirlee, Lee. Bebía, fumaba y jugaba al bridge. Dibujaba, disfrutaba de sus hijos, devoraba libros y en casa lo llevaba todo, desde cocinar a conducir. Y, además, o, sobre todo —y pese a todo—, escribía, y con un don para lo esencial: omitir. Publicó seis novelas, cientos de relatos, dos memorias noveladas, cuentos infantiles, alguna obra de teatro y varios ensayos.

El 8 de agosto se cumplen 60 años de su muerte.

Jean Murdock / @jeanmurdock_

Como es natural, Shirley Jackson fue muchas cosas. Según su hijo, Laurence, una humorista que le veía el lado cómico a todo, algo palpable en sus cartas y memorias. Lo de «maestra del terror» es cierto, pero no en un sentido obvio. Pese al cliché, no abundó en lo sobrenatural, y mucho menos en sangre y vísceras, sino en algo parecido a la banalidad arendtiana del mal. Es un terror psicológico, un muestrario de ese atisbo de maldad que aflora en los pequeños gestos, ambientado en escenas de la vida diaria, como un incidente con un vecino (Juicio por combate o Como lo hacía mamá), la visita de un amigo (Usted primero, mi querido Alphonse) o unas travesuras que pasan de castaño oscuro (Charles). En lo de bruja se mezcla su interés por el tema —del que tenía una vasta biblioteca— con su sentido del humor, la publicidad y la exageración.

Escribió antes y después de La lotería, pero ese fue el relato que la hizo famosa. Lo publicó The New Yorker en 1949, y despertó tanta admiración como rechazo. La revista recibió cientos de cartas incendiarias de lectores indignados por su crueldad o que preguntaban dónde estaba ese pueblo de rifas siniestras, cómo podía permitirse tal atrocidad, etc. En resumen, quejas de papanatas que confunden realidad y ficción; gente que en vez de libros quiere espejos, pero —irónicamente— trucados: que les devuelvan la imagen falsa que se han creado de sí mismos. El cuento fue un bombazo, una bendición y un castigo. La hizo famosa, pero la encasilló.

Shirley Jackson

Jackson nació el 14 de diciembre de 1916 en San Francisco (California) y murió el 8 de agosto de 1965 en North Bennington (Vermont); se le paró el corazón mientras dormía. Tenía 48 años, pero algunas fuentes —entre ellas su marido—[1] confunden su fecha de nacimiento y la matan con 46. De adolescente se mudó con su familia a Rochester (Nueva York), donde acabó el bachillerato y empezó la carrera. Se volvió a casa para escribir mil palabras diarias, de las que poco o nada se conserva. Al año se pasó a la universidad de Siracusa. Allí conoció a Stanley Edgar Hyman, quien sería su esposo y un insigne crítico.

Como dijo Jackson, sus principales exportaciones fueron los libros y los hijos, de los que tuvieron cuatro: Laurence, Joanne, Sarah y Barry. Sus hilarantes memorias, Life Among the Savages y Raising Demons, arrancan diciendo: «Nuestra casa es vieja y ruidosa y está llena. Cuando nos mudamos, teníamos dos hijos y unos cinco mil libros; me figuro que, cuando ya no quepamos y haya que mudarse otra vez, quizá tengamos unos veinte niños y medio millón de libros»[2] . Acabaron viviendo en North Bennington (Vermont).

DE AQUELLOS CHISTES, ESTOS LODOS

Lo de bruja lo aborda en una carta a sus padres. En 1949, un reportero de Associated Press [W. G. Rogers] le preguntó por su don para la magia negra, y Jackson dice que, como el tipo ya la había invitado a dos copas, se explayó a gusto sobre «magia negra, hechizos y la aplicación de la brujería en la vida diaria, casi todo lo cual lo recordaba de unas historias de misterio».

Fue Rogers quien diría que Jackson escribía con una escoba en vez de pluma. Luego añade que los de la editorial Farrar & Sons iban por ahí contando un chisme para vender sus libros como churros: le había roto la pierna con brujería al editor Alfred K. Knopf. Pero Jackson lo aclara: por aquel entonces, su marido andaba a la greña con Knopf, quien se fue a esquiar a Vermont, donde se cayó y se rompió una pierna. Al oírlo, Shirley y Stanley bromearon diciendo que aquello solo podía ser magia y que, por supuesto, era cosa de ella, pero que no pudo lanzar su hechizo hasta que Knopf entró en Vermont porque la magia no trascendía las fronteras estatales. Hacia el final de la carta, Shirley escribe: «Si de verdad tuviera una escoba, me iría a California a esconderme en el sótano de vuestra casa hasta agosto».

Antes de eso, el marido urdió el texto para la sobrecubierta de la primera novela de Jackson, A Road Through the Wall (1948), donde la describía como «tal vez la única autora contemporánea aficionada a la brujería especializada en magia negra a pequeña escala y a la adivinación con cartas del Tarot». De aquellos chistes, estos lodos. Ya no se quitaría la etiqueta. Y ya van dos, bruja y escritora de terror, cuando se podría considerar realista o incluso naturalista. Aunque, de todos modos, ¿qué puede dar más miedo que la realidad?

Shirley Jackson

Cabe decir que Jackson explotó la faceta de bruja, que intercalaba en un tira y afloja con la de ama de casa que escribe a ratos. Quizá alternara entre el deseo de salirse del rol convencional y el de presentarse comme il faut en una sociedad conservadora. O quizá era una bromista de tomo y lomo. En todo caso, si era algo, y por completo, es escritora, como prueban los hechos, desde aquellas mil palabras al día y sus estudios en Siracusa para «avanzar en mi carrera de escritora», hasta una obviedad palmaria: vivió de escribir. «Es divertidísimo y me encanta. Para empezar, solo así consigo sentarme un rato», dijo.

Su hijo, entusiasta promotor de su obra, empieza así el prólogo de The Letters of Shirley Jackson: «Mi madre era escritora. Eso es lo que hacía. Nada le gustaba más que escribir, aunque desde luego también le gustaban mucho sus hijos, cocinar, sus amigos, los gatos, la música y jugar al bridge».

En «The Third Baby’s the Easiest», un relato de Life Among the Savages, Jackson cuenta que, al llegar al hospital para dar a luz a su tercer hijo, que sería Sarah, la recepcionista le preguntó a qué se dedicaba. Jackson dijo (dos veces) que era escritora. La recepcionista contestó: «Voy a poner “ama de casa”».

si jackson era algo, y por completo, es escritora, como prueban los hechos, desde aquellas mil palabras al día y sus estudios en Siracusa para «avanzar en mi carrera de escritora», hasta una obviedad palmaria: vivió de escribir

Bernice M. Murphy, estudiosa de Jackson, cuenta que el prejuicio de «autora menor» se arrastra en parte desde que la crítica Lenemaja Friedman le colgara el sambenito porque escribía obras populares dedicadas a entretener y frecuentaba el terror, lo fantástico, el misterio. Pero, como dijo Chesterton, «entretenido» —o «divertido»— no es lo contrario de «serio», sino de «aburrido». O, por recurrir a Bashevis Singer: «en arte, una verdad que aburre no es una verdad». Por otro lado, me pregunto qué opinión le merecían entonces a Friedman: Dickens, el entertainer victoriano por excelencia; Kafka, campeón de lo fantástico, o Poe, rey del misterio, por nombrar a tres grandes.

Tras la muerte de Jackson, su marido prologó The Magic of Shirley Jackson (1966), donde aludió al estupor habitual de los críticos ante la diferencia entre el aspecto y los modales de su esposa, una madre feliz, y la naturaleza aterradora de su ficción en general. Hyman los despachó de un plumazo: dijo que no entendían lo que es un escritor ni cómo trabaja, y que su error equivalía a «esperar que Herman Melville fuera una gran ballena blanca».

A Jackson hay que leerla contra todo eso y más allá de lo trillado. En España, editorial minúscula se ha encargado de traerla a casa[3] y, aparte de las obras que ha publicado en solitario, ha coedtitado la selección Cuentos oscuros junto con Libros del Zorro Rojo. L’Altra Editorial está haciendo lo propio en catalán. Nørdica Libros sacó la novela gráfica La lotería, adaptación de Miles Hyman, nieto de Jackson. Valdemar tiene La maldición de Hill House, que Boadicea ofrece en gallego, lengua en que Rinoceronte ha publicado Sempre vivimos no castelo.

Nora Ephron decía que su madre decía que everything is copy, que todo lo que te pasa es material de escritura. Jackson dijo en How I write que «una de las mejores cosas de ser escritor es que nada se desperdicia». Un escritor —dice— es como un ama de casa que junta las sobras para hacer un guiso, alguien que recoge ideas, sucesos, conversaciones y gestos, y los mete en una alacena, sabiendo que algún día le servirán. Jackson lo aprovechaba todo y lo aderezaba hábilmente con lo que llamó «el ajo en la ficción», ese ingrediente que hace un texto irresistible si se dosifica bien. Su obra retrata lo aterrador, lo cómico, lo tierno y lo incómodo en lo cotidiano. Léase, por ejemplo, El jardín de flores.

Jackson fue muchas cosas, y ahora es un clásico.

 

 

[1] En el prefacio de The Magic of Shirley Jackson, Stanley Edgar Hyman dice que su esposa, Shirley Jackson, murió con 46 años. Más de una fuente recoge que la autora nació en 1919, e incluso alguna la trae al mundo en 1920.

[2] Las traducciones de las citas son de la autora del artículo, Jean Murdock.

[3] Feliz coincidencia: Jackson solía escribir en minúscula.

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