‘Simas del aliento’: en la piel del desierto

Celia Carrasco

Quienes pasamos a diario por la glorieta de San Víctor pudimos notar que el 25 de febrero de 2026 aquel enclave nuestro, La Plaza Invisible, estaba especialmente contento, pues venía a visitarla Celia Carrasco Gil (Tudela, Navarra, 2000), que con su nuevo libro se licencia definitivamente como experta observadora de espacios.

No sólo los observa, en realidad, sino que los escucha, los estudia, los entiende y desde luego los canta: Simas del aliento, publicado en Zaragoza por la Editorial Olifante, es hasta hoy el libro más pulido, hermoso e internamente coherente de su autora, una primera obra de plenitud cuando su juventud es aún un tanto escandalosa.

Celia Carrasco
Celia Carrasco, la «experta observadora de espacios», a su paso por La Plaza Invisible. / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

En septiembre de 2020, cuando el mundo había vuelto a la feracidad, todo estaba silvestre, el campo era un gran nido y los zorros y las ciervas de la tradición paseaban con cierta alegría por nuestras ciudades, fructificó de paso en Zaragoza un libro gordito y esperanzador. Se titulaba Entre temporal y sombra, su autora era la debutante Celia Carrasco Gil (Tudela, 2000) y sorprendía no sólo por la notable calidad sino, sobre todo, por el despliegue de recursos, por los muy diferentes registros literarios que en aquel tomo azul se reunían.

Había cierta suntuosidad en algo tan variado, y se explicaba en la nota final, donde se hacía saber que esa ópera prima que habíamos leído procedía en realidad de varios proyectos poéticos distintos que la autora había ido desarrollando desde sus quince años, probando cosas, del soneto ortodoxo a la poesía narrativa, del juego de palabras al deseo, de la Madre Safo del primero de sus versos al humor.

Dados esos tonos y esos temas, esa relectura juvenil de lo clásico, esa mezcla de coqueteo y desgarro, ese gamberrismo tímido, ese despliegue de sonoridad, ese «alumbrar el asombro en primavera»… lo que sucedía con Carrasco Gil en el contexto un tanto aislado siempre de la poesía zaragozana (pues era en Zaragoza donde ella vivía y estudiaba y donde apareció el libro) tenía un eco de lo que en la poesía española había sucedido veinte años atrás con la irrupción de Carmen Jodra Davó, un gesto similar, todavía un poco adolescente pero ya pre-melancólico.

Llegaron, muy seguidos, otros libros (Selvación en 2021, Limos del cielo en 2022, Rupestre en 2023) mientras, en paralelo, la autora desarrollaba su formación y sus investigaciones filológicas en Salamanca, París u Ontario, y ha sido gracias a un premio bien pensado (el que dedica el Gobierno de Navarra a la Promoción del Talento Artístico) que Carrasco Gil ha podido disfrutar con una serenidad y una seguridad muy especiales de la gestación de su nuevo libro, un libro muy serio, y verlo nacer de forma flamante, en su editorial de casi siempre pero en condiciones un tanto excepcionales.

Digo esto último porque el volumen viene con cedé, y el cedé viene con el libro recitado por su creadora, pero con el Preludio y la Coda musicados también por Carrasco Gil (que tiene formación musical acreditada) y cantados por seis solistas de la Coral de Cámara de Pamplona. Lo decía al principio: suntuosidad, pero no ostentación. Calidad material impecable sin necesidad de lujos, porque éstos no hacen falta cuando hay verdadero interés y acierto justificable al identificar quién merece ser apoyado o, por entrar por fin en el libro, especialmente alentado.

El libro va, sobre todo, del paisaje (…) y mucho desierto. Y silencio. Me gusta que se pueda concebir el silencio como parte constitutiva del espacio

El libro va, sobre todo, del paisaje, una mirada a las Bardenas Reales que, me parece, al avanzar muta un poco hacia escenarios más identificables con los amplios y mucho más húmedos espacios canadienses donde vive la autora desde hace algún tiempo. Sea como sea, desde el mismo título hay accidentes del terreno, unas simas a las que después se añaden muchas grutas, grietas, gargantas, galerías, criptas, dunas, barrancos, surcos, cimas, columnas, pozos, precipicios, cauces, glaciares y también ruinas, arena, piedras, caminos, senderos. Y mucho desierto. Y silencio. Me gusta que se pueda concebir el silencio como parte constitutiva del espacio.

Con un modo de concebir el horizonte, y también el lenguaje, que parece ya no poética sino filosóficamente emparentado con el de Mariano Castro (el mejor poeta aragonés vivo, opinión con la que me parece que ella estaría de acuerdo), Carrasco Gil se inspira en el vacío, o en lo aparentemente hueco, en lo desaparecido, en lo erosionado, en lo fósil. La tierra como la precipitación del tiempo, la ceniza como la huella de lo que vivió. Hay algo casi erótico en la nada, una sed literal que sólo se sacia con la conciencia del pasado, de lo que fue (y que a su vez tenía su pasado).

Con un sentido ya no de la música sino de la métrica que no se veía en la poesía aragonesa desde el magisterio amable de Rosendo Tello Aína (en mi tierra no hemos tenido nunca mucho aprecio o mucha suerte con las sílabas cuntadas, aunque hay poetas jóvenes como Ramiro Gairín Muñoz u Omar Fonollosa que están, curiosamente, innovando —entre nosotros— por ahí), Celia Carrasco Gil entrega con estas Simas del aliento su libro más pulido, hermoso e internamente coherente, una primera obra de plenitud cuando su juventud es aún un tanto escandalosa.

«Lo profundo es el aire», afirma Jorge Guillén desde uno de los mejores exergos del libro, el primero, y hay en ello sin duda una declaración de intenciones. Se da aquí una especie de apología de la atención, una reivindicación de la espera y de la escucha, una llamada a la calma, a renunciar a lo excesivo o lo lleno a cambio de esa otra variante de lo rebosante que es el espacio vacío, la amplitud, la anchura, las capas verticales o incluso lo invisible: “Tiende tus manos / hasta que las anide / el agua de la historia: // la vena sin contornos / de su ruina”.

Celia Carrasco

INCANDESCENCIA

 

No comprendas, tan sólo recorre

toda la incandescencia de esta edad

que el aire ha esculpido

en la piel del desierto.

 

Tras la coreografía de las dunas,

atiende

al desgaste sutil de las ausencias

que hacen nido en el rostro

e inscriben sus estrías

como llagas de ser al borde de las cosas.

 

Recuerda:

siempre las hendiduras

permiten intuir otros caminos.

 

Su signo no se borra, es quien talla

cada leve oquedad en nuestro cuerpo,

destino

de la nada.

 

Y así todo regresa a lo que fue.

 

Agrietada en relámpagos, la noche

abre fuego.

 

Y el animal que somos,

herido por el tajo de la luz,

se cumple en la ceguera.

 

Solitario y desnudo de mirar,

su tiempo

se desborda.

 

El cachorro

concede sus sentidos

a la carne vacía del misterio.

 

*Ficha bibliográfica: Celia Carrasco Gil, Simas del aliento, Zaragoza, Olifante, 2026 (31 de enero). Solapa de Tomás Sánchez Santiago.

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