Tomate aparte y concentrado. Marosa di Giorgio vista por Emilia Conejo

Marosa di Giorgio

Los dioses, que están por todos lados, juegan muy intensamente, en los tomates.

Marosa di Giorgio

Por cosas que no vienen a cuento, pedimos una ensalada con el tomate aparte. Pero el tomate llegó primero, cuarteado en un platito que ocupaba por completo. Parecía un tomate gigante, y el camarero lo trajo muerto de risa. Encontraba sumamente gracioso un tomate así, solitario, aislado de su ensalada. Estaba fuera de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que en la carta no había ningún plato de tomate solo. Era como pedirse unos calamares a la romana y que llegara primero el rebozado y luego los aros desnudos. Era una ensalada deconstruida, un tomate exiliado. En cuanto al camarero, siempre había sido amable y correcto, pero muy serio, por lo que su risa causó doble —y grata— conmoción. Nunca lo habíamos visto así, iluminado por un tomate.

 

Marosa di Giorgio

Jean Murdock / @jeanmurdock_

Me vino a la mente Emilia Conejo y su sesudo ensayo sobre la poeta uruguaya Marosa di Giorgio, Dios palpitando entre las tomateras, publicado por Godall Edicions, que apuesta por lo jugoso. Aquella escena juntaba el tomate, la huella de Dios y, por supuesto, el humor, todos presentes en el libro. Pero además se mezclaba la carne (la carne roja turgente del tomate), la deglución, el apetito y —por la tangente— el sexo, que nunca está muy lejos del comer. Se me apareció toda esa amalgama en movimiento y transformación perpetuos que es la poesía de Marosa di Giorgio, en este caso vista por la fina mirada de Emilia Conejo, que entreteje biografía, filosofía y reflexión literaria con pedazos de autobiografía en un juego de espejos en comunión con todo lo que contiene Marosa, que es nada menos que todo.

Hace muchos años un verano, una persona muy querida me dijo a propósito de un tomate que «al tomate hay que quitarle esto porque ahí se concentra…». Se refería al ombligo (¿o el culo?)[1] del tomate, a esa dureza más o menos redonda y verdosa que queda tras arrancarle el pedúnculo y que parece la huella dactilar de un dios obligado a pasarse por la comisaría de los tomates a certificar sus frutos con el pulgar. Pero algo la distrajo y no acabó la frase. Yo también me distraje y no le pregunté después. Para cuando me acordé de aquello, ya no podía preguntarle nada porque se había ido a medias a otro mundo. Así que nunca supe qué se concentraba allí, en la huella divina del tomate, pero por si acaso siempre se la quito. Sería fácil buscarlo en internet, pero no quiero. Imagino que será el pesticida o algo parecido, o una mayor cantidad de ácido (esto no lo creo). En todo caso, nos llevaría del pathos de un dios haciendo inventario al bathos de lo mundano, de no comernos a un dios en vano a no ingerir pesticida.

la escritura de di giorgio es como una bola de plastilina que junta todos los colores y adopta todas las formas

Es precisamente esa fusión del pathos y el bathos, de lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo sublime y lo risible, lo cómico y lo trágico, lo bello y lo grotesco, lo que hace de la escritura de Di Giorgio una especie de superposición cuántica donde nada colapsa, donde todo ocurre a la vez aunque miremos, o quizá porque miramos: lo salvaje y lo cultivado, lo grande y lo pequeño, lo sagrado y lo erótico, lo carnal y lo espiritual, lo infantil y lo adulto, lo habitual y lo insólito. Su amalgama trasciende lo binario y forma un todo monstruoso, cotidiano, místico y maravilloso anclado en el recuerdo de la infancia en la chacra familiar de Salto, ese locus amoenus que nunca (la) abandona. Es una bola de plastilina que junta todos los colores y adopta todas las formas.

Mientras nos cuenta esto, Emilia Conejo recurre también a sus propias vivencias, añadiendo más pliegues a esa jugosa carne entreverada hecha de rosamelias, frutas con ojos y ojos como chispas, niñitas que ponen huevos, cuernos, porcelana, sexo, lagunas y pelos. Dice Di Giorgio:

Estoy en lo infinito, en lo inédito. Hay un rosal en mi ropero.

Marosa di Giorgio
Marosa di Giorgio, escritora (Salto, Uruguay, 1932 – Montevideo, 2004)

 

 

 

 

 

Dice Conejo:

«Marosa di Giorgio se sorprende de encontrar lo extraño en lo familiar, lo imposible en lo habitual. En la poética digiorgiana se entrelazarán lo heimlich —lo hogareño del recuerdo de la infancia, lo ordinario y habitual— y lo unheimlich, lo siniestro, lo anormal y extraño».

Marosa di Giorgio
Emilia Conejo, poeta y ensayista (aunque etiquetar siempre sea cercenar…) /Foto: X de E.C.

La poesía la asalta como una «liebre mágica». La poesía es la «liebre mágica». Así lo describe Emilia Conejo:

«Lo siniestro en Di Giorgio es un basso continuo que no desaparece nunca, ya que impera ese aire de acecho y suspense. Marosa se refiere al ambiente involuntariamente opresivo de su núcleo familiar, que aparece a menudo como una presencia acechante, que vigila desde algún lugar. En ella, los recuerdos de su infancia son “varias cosas entrecruzándose, pero prima un poco de miedo, una cierta zozobra, el núcleo familiar sumamente preocupado, velando sumamente, y por lo mismo opresivo, en que la figura de mamá era como un búho (y sigue siéndolo). Mi papá falleció, mi mamá vive conmigo y me produce inquietud en la vida por la constante vigilancia. Por eso en la dedicatoria anoté que ‘puso en mi vida, terror y ensueño’. Ambos elementos constituyen ‘la liebre mágica’”».

Quizá todo eso es posible por lo que dijo Di Giorgio: «Parece difícil recordar la lección, aunque tengo una memoria tremenda, y veo cosas que sucedieron antes de que yo naciese».

«Las imágenes de Dios varían, pero en todo momento, la presencia de lo sagrado y lo divino inunda el jardín en cualquiera de sus formas —animal o vegetal—, como la del dios del maíz, dioses astados o divinidades que juegan entre las tomateras:

Los dioses, que están por todos lados, juegan muy intensamente, en los tomates.

Es lo que recuerdo de mi vida en la granja, cuando ellos aparecieron, de súbito, un mediodía, sobre sus polvorientos matorrales, seres azucarados, ensangrentados, debajo de la fina seda iba una locura de fuego. Algunos decían «Son manzanas». Otros les llamaban «las rosas».

Un perfume de budines salvajes, un fragor de jaleas y juguetes, cruzó todo el aire, donde las palomas, las abejas, las niñitas menores de tres años, volaban agitando sus plumas y sus rizos.

Marosa di Giorgio
Bodegón con pepinos, tomates y recipientes, de Luis Eigidio Meléndez /Foto: Museo del Prado

Toda la tierra fue una tomatera asombrosa. Yo estaba alucinada.

Las caras bermejas sufrían mutaciones, se volvían, a ratos, ajíes, diablos, higos; cuernos como guías en los que perduraba alguna hoja.
Las caras redondas, rojas, eran sufrientes, sexuadas; perdían un leve vino, una sangre muy temible.

Se multiplicaron los falsos casamientos y las fiestas, cada vez con más tizones y pimpollos.

Aprendí los ritos, y recité desnuda, a lo largo de toda esa primavera interminable».

 

Es imposible resumir aquí lo que abarca el ensayo de Emilia Conejo, que, como ya se ha dicho, analiza la obra de Di Giorgio desde todos los ángulos: literario, filosófico, artístico, metafísico, profundo y anecdótico, personal, familiar y mágico. Como dice Bernat Castany Prado:

«Dios palpitando entre las tomateras, de Emilia Conejo, es un libro deliciosamente bien escrito, que no solo nos abre una puerta al jardín cerrado de una de las poetas más interesantes de las últimas décadas, sino que también nos presenta con claridad, profundidad y erudición algunos de los temas fundamentales de la poesía y la filosofía de los dos últimos siglos. Para tomar muchas notas. Como yo no he podido evitar hacer».

Tampoco yo he podido evitarlo. Pero, como ya se ha dicho mucho y mejor, me paro en dos o tres observaciones que, aunque puedan parecer marginales, no son menores:

Conejo acuña y reivindica en una nota el adjetivo digiorgiano («junto con el ya establecido marosiano») para darle a la poeta el mismo trato que reciben los hombres. Me uno a la causa; digiorgiano sea.

(Solo un paréntesis. Al leerlo, recuerdo algo vertiginoso: la mujer solo tiene
nombre, nunca apellido. Si te remontas atrás, el apellido es siempre el de un hombre:
del padre, del marido, del abuelo, y así hasta el principio de los tiempos, cuando solo
había nombres [Lilith, Adán, Eva…]. Di Giorgio no sería una excepción a ese respecto.
Por otro lado, como dice Emilia Conejo, «“Marosa” es el nombre que ella escogió».
Pese a esta paradoja, Conejo está en lo cierto: esa familiaridad resta consideración a la
mujer; es como si lo que hiciera fuera de andar por casa, mientras que al hombre se lo
trata de usted. Nadie habla de una influencia «pabliana», sino «picassiana», como
tampoco nadie dice «El Shakesepare» o «El Joyce», pero sí «La Woolf» y «La
Bernhardt»).2

Es imposible resumir aquí lo que abarca el ensayo de Emilia Conejo, que analiza la obra de Di Giorgio desde todos los ángulos: literario, filosófico, artístico, metafísico, profundo y anecdótico, personal, familiar y mágico

Emilia Conejo define a la poeta uruguaya como «una beguina del siglo xx», visionaria de la mística de lo cotidiano: «Demasiado carnal, como ellas, pero por suerte demasiado moderna para morir —como algunas de ellas— en la hoguera». Oportuno recordatorio.

También destaca el uso ácrata que la poeta hace de la coma y lo compara con los guiones de Dickinson. Dice Di Giorgio, por ejemplo:

 

Habló en un idioma que, nunca, había oído; pero, que entendí.

 

Las comas parecen pausas métricas. (Obsérvese también la puntuación de la cita que encabeza este artículo). Su lenguaje, como dice Conejo que dice Negroni, «se construye a saltos». Saltos como los de La liebre de marzo, poemario que la madrileña analiza en profundidad. Cuenta Di Giorgio:

Cuando conocí a Alicia —la de las maravillas— me sorprendió el parentesco: ella es como mi prima hermana. Aunque también existe una diferencia que no sé bien en qué consiste. Yo no puedo salir de esa niñez y esa maravilla. Ese es mi horror y esa es mi suerte.

La poesía de Di Giorgio es como el País de las Maravillas, un lugar donde todo puede pasar y, de hecho, donde todo pasa. «Ese es también el presente eterno de la maravilla de la poética digiorgiana, donde se transgrede lo normativo, se revienta el corsé de lo posible y se aniquila lo puramente racional en favor de lo fantástico, lo extático y lo maravilloso», dice Conejo.

Y ahora pienso que quizá era eso lo que trataba de decirme Pilar —así se llamaba— sobre la huella del tomate: que ahí se concentraba todo, como en Marosa di Giorgio vista por Emilia Conejo.

[1] Creo que es más bien la cabeza, pues de ahí le sale la mata de pelo.

[2] Una ironía para rizar el rizo: Picasso usaba el apellido materno. Pero, dado que, como hemos visto, en el fondo no hay apellidos de mujer, todo se complica en un bucle infinito.

 

*Más Huellas: El blog de Jean Murdock en La Línea Amarilla

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