‘Un palacio suficiente’: la altura del instante

Jesús Montiel

Tras publicar varios pequeños cuadernos de diarios, aforismos o testimonios con los que anda actualizando la espiritualidad, y después de cuatro libros de poemas que aparecieron con el sello de cuatro premios (entre ellos el Alegría o el Hiperión), el granadino Jesús Montiel llega a La Plaza Invisible con Un palacio suficiente.

Publicado en Granada por la editorial Comares, este quinto libro suyo de poemas es otro monumento a lo pequeño, a lo cotidiano, a lo casi imperceptible de tan consabido. Y en él se defiende no una poética de la inteligencia, sino de la atención.

Jesús Montiel
El poeta granadino Jesús Montiel, en un rincón de La Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

Si por algo se caracteriza la literatura de Jesús Montiel (Granada, 1984) es por venir tan quintaesenciada, tan musitada, tan lacónica, que es una antología en sí misma: una antología, digamos, de la vida. Ya sean de narraciones, aforismos o diarios, los cuadernos en prosa que va publicando son así, ligeros y frondosos a la vez, siempre en busca de lo esencial y siempre en defensa explícita de la poesía como lugar de recogimiento o salvación.

Pero aunque sean siempre muy breves, a la vez ya van siendo muchos, y de repente me apetece recordarlos, e incluso antologarlos en busca de citas que nos ayuden a leer o comprender su último libro de poemas:

– En Notas a pie de instante (Granada, Esdrújula, enero de 2018), escribió: «Lo más difícil de escribir: escribir lo imprescindible».

– De Sucederá la flor (Valencia, Pre-Textos, abril de 2018), un libro dedicado a la enfermedad de uno de sus seis hijos, conviene citar algo más largo: «Cada persona dispone de un puñado de tiempo más pequeño o más grande. Ese tiempo es el cuadrilátero donde uno ha de combatir a diario. Yo sólo espero que al final de mi combate gane el amor. Que el amor, aun contusionado, con una ceja rota o la nariz partida, levante los brazos como señal de victoria tras el último asalto».

– En El amén de los árboles (Granada, Esdrújula, enero de 2019), se pone maxaubiano: «La ficción y yo no nos hablamos. De todo cuanto escribo no me invento nada» (aparte de entender que «Una época que ridiculiza lo sagrado sacraliza lo ridículo»).

– En Señor de las periferias (Valencia, Pre-Textos, marzo de 2019), una biografía muy particular de Robert Walser: «La compañía de los árboles es la mejor tertulia a la que ha asistido».

– De Casa de tinta (Madrid, Hiperión, septiembre de 2019): «El poeta: ese obstáculo que debe sortear cada poema».

–  Del cuaderno de aforismos Silencio casi (Gijón, Trea, septiembre de 2020): «Nunca se vive en orden cronológico».

– De Lo que no se ve (Valencia, Pre-Textos, diciembre de 2020), que es el libro suyo que más me gusta hasta hoy, el que me parece más redondo y más perfecto: «El niño y el árbol se parecen: aceptan cada día como viene y no fantasean con lo que sucederá. Su ocupación es lo que está aconteciendo».

– De La última rosa (Valencia, Pre-Textos, septiembre de 2021), un diario inspirado en parte por el fotógrafo checo Josef Sudek: «Todos los días entrego el tesoro a cambio del mapa».

– Del libro sobre su madre Canción de cuna (Valencia, Pre-Textos, septiembre de 2022): «A la poesía nunca le estorba la realidad».

– Y en 2023, aparte de recuperar en una edición conjunta de Pre-Textos Notas a pie de instante y El amén de los árboles, ha publicado el ensayo sobre meditación Un banquito de madera (Madrid, PPU, febrero de 2023), donde acierta a ver y a decir, por un lado, que «lo que sacia no es nunca lo chocante, sino lo más evidente, aquello que está ocurriendo». Y, por otro –y es algo especialmente revelador de su forma de afrontar la poesía–, que «cada uno de nosotros está llamado a ser un monje […] La vida contemplativa es vivir lo mismo que todo el mundo, pero con atención».

Quien al comenzar a leer esta reseña no supiera nada de Jesús Montiel ya puede haberse hecho cargo de algunas cosas importantes para él, y la primera es que él sólo está dispuesto a escribir cosas importantes, ir al meollo de las cosas, aunque pueda ser dando rodeos más literarios de lo que a él le gustaría. Pero si alguna vez hay alguna aparente digresión, estará ahí porque le conviene para apuntalar lo fundamental, porque esa supuesta excursión le ayuda a reafirmarlo…

‘literatura’ es una palabra muy pobre y muy pequeña para lo que hace Jesús Montiel. Lo suyo es vida escrita, una ventana abierta a todo lo que importa

En el pequeño prólogo a Un palacio suficiente, su último libro de poemas, Montiel cuenta que lo escribió a la vez que Notas a pie de instante, es decir, al comienzo de toda esa tupida pero ligera enredadera de libros que acabo de listar, y dice también que probablemente no son sólo los últimos versos que ha escrito, sino los últimos que escriba. Ya veremos. Me extrañaría.

De momento, los que leemos aquí son versos, como sus prosas, llenos de ventanas y de árboles, de hospitales y de nidos, de niños y de abuelos, de hombres que conducen atribulados, llenos de miedos, de preocupaciones y de dudas (como en este haiku: «Me alejo rápido / En coche. Mis problemas / no se han movido»).

Pero en medio de todas esas vorágines cotidianas, de ese vaivén diario, el poeta, de vez en cuando, encuentra pepitas de oro, si es que está en un estado de ánimo propicio para ello, lo cual es más fácil desear vagamente que tener en cuenta, y más fácil tener en cuenta que conseguir, y todo eso, a su vez, aumenta la frustración y la ansiedad: «Yo veo en cada cosa, / añorando la altura / del instante, un pájaro escondido».

«El día es un palacio suficiente», afirma Montiel, desvelando el secreto del título, y ya hemos visto arriba una buena batería de citas que exaltan el presente, que asisten a él como lo único que hay. La poesía es siempre presente, en los dos sentidos, siempre es ahora, y se actualiza en cada lectura, suceda cuando suceda, del mismo modo que Montiel es de esos autores jóvenes que, junto a otros (Alejandro Simón Partal, Manuel Astur…), anda poniendo al día la espiritualidad, renovando una mirada trascendente sobre las cosas que no es incompatible con las tentaciones o las realidades más contemporáneas.

Sea como sea, y como ya defendí en otro sitio, literatura es una palabra muy pobre y muy pequeña para lo que hace Jesús Montiel. Lo suyo es vida escrita, una ventana abierta a todo lo que importa. E igual que en él hay menos diferencia que en cualquier otro autor entre ficción y realidad, también es simplemente anecdótica la diferencia que puede haber entre su prosa y su verso. Dice lo mismo, y a menudo lo dice casi igual: hay aforismos suyos que podrían ser monósticos; hay fragmentos de sus diarios que atienden a la métrica latina, mientras que algunos versos se la saltan a conciencia, buscando curiosamente la perfección en la imperfección, el bien en lo que rompe la armonía, el alma en el gazapo. Y a mí me da que a Dios le gustan las erratas.

Si la poesía es una aventura (y en buena medida lo es), no hacen falta en ella tantos mapas como estropajos (Montiel aparece fregando los platos en un montón de sus páginas), hay que armarse con menos espadas que cepillos de dientes: «Y ahora, mientras friego / los besos que mis hijos / han dejado en los vasos de la cena / –qué jaleo sus llantos, / los pies antes del sueño, al tropezarse–, // descubro que el silencio estaba aquí, / entre las cosas / que uno hace a diario y sin amor, // la mayoría».

Jesús Montiel

TAZA

 

Mi taza de café me ha perdonado.

 

Ayer se me cayó

y el sol de la cocina

recuerda en su costado el accidente.

Descubre sus heridas, y las oigo:

es lenguaje también

su redonda ternura.

 

No niega ni derrama

la bebida,

sigue siendo servicio.

 

Amor que me desborda.

 

*Ficha técnica: Jesús Montiel, Un palacio suficiente, Granada, Comares, 2022

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