Victòria Camps: «No existe un ‘nosotros’ dispuesto a luchar por el bien común»

Victòria Camps

Recién cumplidos 85 años y con la Creu de Sant Jordi – máxima distinción que otorga el Govern de la Generalitat de Catalunya – todavía palpitando tras recibirla el pasado 23 de abril, la filósofa Victòria Camps (Barcelona, 1941) sigue analizando nuestro comportamiento desde la perspectiva de las virtudes éticas, esa filosofía aplicada al comportamiento humano que debería hacernos mejores y, por tanto, construir un nosotros basado en el bien común.

En su último libro, La sociedad de la desconfianza (Arpa), Camps es rotunda en su diagnóstico sobre los tiempos que vivimos: la evolución neoliberal ha producido un sujeto egoísta que actúa como tal en todos los campos en los que se mueve. Conversamos con la filósofa desde su casa en Barcelona antes del rosario de imputaciones y desinformación de las últimas semanas. Pero sus reflexiones podría haberlas hecho esta misma tarde, porque retratarían perfectamente lo que estamos viviendo.

Victòria Camps

Núria Ribas / @nuriaribasp

P: ¿Cuál sería el ‘bien común’ en este siglo XXI?

R: Las democracias tienen que ser un procedimiento con unas normas que deben cumplirse pero que buscan un bien común. Y hoy tenemos una cantidad ingente de retos que pueden dar nombre a ese bien común: el cambio climático, los movimientos migratorios, las grandes desigualdades… Pero todo eso no está cohesionando ni a la sociedad civil ni a las instituciones. Parece que todo el mundo está descontento, alarmado, insatisfecho sin que exista un giro para tomarse en serio estos retos. Creo que eso es lo que nos falta y que se puede resumir en desconfianza. Hay impotencia.

P: Pero, no siempre ha sido así. ¿Por qué ahora?

R: Cierto, no siempre ha sido así. Ha habido momentos en la Historia que sí que ha habido una ideología que arrastraba a gran parte de la población. Por ejemplo, el comunismo, el socialismo. O momentos en los que se han producido cambios a través de grandes capas de la sociedad, como el feminismo. El feminismo ocupó buena parte del siglo XX y sigue siendo necesario todavía. O la abolición de la esclavitud. Tras la Segunda Guerra Mundial, la creación del estado del bien estar en Europa y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Todo ello cohesionaba a la gente, y no solo al sector más progresista, más de izquierdas, todo el mundo se hizo cargo de que ese Estado del bien estar era necesario. Las élites también estaban a favor, aunque fuese por egoísmo y así asegurar su supervivencia.

En este momento, de muchas crisis, no ha sucedido. Con una excepción: los dos primeros años de la pandemia del Covid. Pero ni hemos aprendido suficiente de la pandemia para cambiar la manera de hacer las cosas ni hay nada que cohesione la sociedad.

«Estamos instalados en un escenario en el que, a parte de cumplir las obligaciones que tienen un castigo punitivo por ley, yo puedo hacer lo que me da la gana porque mi vida es mía y yo decido lo que hago. Mi bien estar por delante de todo»

P: De estos ejemplos que cita, parece que todos surgen como reacción a un estado de las cosas insoportable. ¿Las sociedades tienen que tocar fondo para que reaccionen cohesionadas?

R: La perspectiva desde la que quiero analizar lo que está sucediendo es el de la ética, así que atribuyo el estado de las cosas a una concepción de la libertad excesivamente individualista, egoísta y muy reductiva. Estamos instalados en un escenario en el que, a parte de cumplir las obligaciones que tienen un castigo punitivo por ley, yo puedo hacer lo que me da la gana porque mi vida es mía y yo decido lo que hago. Mi bien estar por delante de todo. Tenemos unos derechos fundamentales que podemos reclamar constantemente. De eso somos muy conscientes. Pero olvidamos que también existen unos deberes que comprometen al individuo.

P: Habla en este sentido de la libertad negativa y la libertad positiva.

R: La libertad positiva es muy kantiana pero también muy de Stuart Mill. Él es quien explica en qué consiste la libertad individual, pero no solo afirma que ésta es evitar intervenciones públicas del Estado que me afectan a mí privadamente y que, por tanto, las rechazo. También dice que cada uno de nosotros tiene unas obligaciones. Significa, diría yo, la creación de una individualidad propia: es decir, no dejarme influenciar por cualquier cosa. Pero esto, en una economía de consumo, es muy fácil que ocurra, el hecho de dejarme influenciar por lo que sea: publicidad, informaciones, propaganda. Nos domina totalmente, hasta tal punto que ya no pensamos si lo que decimos ofende o no al otro, si ayuda o no a la polarización.

P: No nos autolimitamos…

R: Exacto. Hemos eliminado la autolimitación, una idea que en ética es muy importante. Lo único que frena es lo que penaliza. Es la famosa autoregulación que algunas profesiones como el periodismo y los medios de comunicación reclaman pero que no llegan a aplicar nunca. Y creo que tenemos que autoregularnos no solo individualmente si no también desde la actividad colectiva.

P: ¿Hemos perdido el equilibrio entre la libertad individual y el bien común? Por decirlo de alguna manera, ¿nos hemos pasado de rosca?

R: Pues sí, exactamente. El propio capitalismo se ha pasado de rosca, no conserva los principios de los padres del sistema, como Locke o el propio Adam Smith que, no lo olvidemos, también era profesor de filosofía moral: tiene un tratado sobre los sentimientos morales donde defiende que es importantísimo tener este tipo de autocorrección que permita que funcione eso que él definió como la mano invisible. Si funciona, es porque la gente se autorregula ejerciendo la profesión que sea. Y lo deberíamos hacer, se supone, por un sentimiento moral que tenemos y que cultivamos.

«Hay un mundo adulto, que se supone debería tener una base moral, que sin quererlo enseña un comportamiento a las generaciones más jóvenes nada edificante»

P: Siempre vamos a parar, por tanto, a la educación…

R: Efectivamente. Por eso yo me he dedicado ampliamente a la ética de las virtudes, porque creo que es la más necesaria. Cuando eliminas prohibiciones, suceden cosas. Hace un siglo, cuando existían más prohibiciones que hoy en día, la sociedad estaba más cohesionada, era más homogénea: la presión religiosa, por ejemplo, el reconocimiento social de que existía una fe religiosa que te obligaba moralmente a algunas cosas sobre todo en materia sexual. Esto se ha ido debilitando y es bueno que haya sido así, porque significa que el individuo es más libre, libre de escoger lo que quiere para su vida. Pero, claro, eso también crea un malestar social cuando este liberalismo se convierte en un libertarismo, en una especie de anarquía donde todo el mundo solo piensa en sí mismo. Hay un mundo adulto, que se supone debería tener una base moral, que sin quererlo enseña un comportamiento a las generaciones más jóvenes nada edificante.

P: ¿Las élites?

R: La élite económica, política, cultural, mediática… esta última tiene un poder enorme. ¿Qué explican? ¿Sobre qué informan? ¿Por qué informan de unas cosas y no de otras? ¿Por qué determinadas noticias se perpetúan más que otras?

P: La élite política que tenemos, ¿es la que nos merecemos? ¿Son un reflejo de lo que somos?

R: Bueno, en el fondo un poco sí porque, para empezar, nosotros los votamos. Hay un autor al que sigo mucho, Michael Sandel, que en uno de sus libros, La tiranía del mérito,  habla de estas élites culturales que se han hecho con el poder y que tienen mucha influencia, y que de alguna manera han despreciado a la clase rural y a la clase media, que ha ido perdiendo poder adquisitivo y que se siente menospreciada. Esta foto es muy norteamericana, refiriéndonos a Trump. La idea meritocrática de que si te lo trabajas consigues todo lo que quieres, tan ‘sueño americano’, de hecho, no es cierta. Es una idea muy enraizada en el pensamiento estadounidense, muy calvinista, muy protestante. Ha habido una reacción brutal ante esta decepción, que ha llevado a votar a millones de personas a un personaje estrafalario y caótico. Este ambiente político que estamos viviendo expulsa a mucha gente de la propia política y, de rebote, fomenta mucho más el individualismo.

«Es dificilísimo discutir sobre un tema en sí mismo, sin mezclarlo con el partidismo, con otras consideraciones que no tienen que ver con el sujeto de la discusión»

Cuidado: hay mucha gente en política, incluso en la política más visible, que trabaja bien y quiere trabajar bien pero que no puede, que se siente impotente. No hay forma de obviar o eliminar esta confrontación constante. Eso ya lo experimenté hace años como senadora. Es dificilísimo discutir sobre un tema en sí mismo, sin mezclarlo con el partidismo, con otras consideraciones que no tienen que ver con el sujeto de la discusión.

Victòria Camps

P: ¿Qué papel juegan los partidos políticos como estructuras, como instituciones?

Los partidos políticos son, hoy, una extensión del individualismo convertido en corporativismo. Eso lo trabajó muy bien el sociólogo Salvador Giner. El corporativismo es aquello que por encima de todo buscan un beneficio corporativo y no se sienten obligados a servir a la sociedad en ningún sentido. Eso es el neoliberalismo. No solo afecta a la política, por supuesto, si no y sobre todo a las élites económicas que se han ido desregulando para que el beneficio propio fuese intocable.

P: ¿Hoy se considera una debilidad el llegar a un acuerdo?

R: Sí, totalmente. Esta incoherencia, este clima, en una democracia no puede funcionar. Tenemos un demos, un pueblo, sin ethos, un espíritu común. No unas normas, las normas las tenemos, de hecho tenemos centenares de normas con las que, en teoría, estamos de acuerdo. Lo que no existe es una manera de ser y de hacer colectiva, desde el presidente del Gobierno hasta el ciudadano más insignificante políticamente hablando, que nos cohesione cuando hay una cuestión fundamental. Es decir, no existe un nosotros dispuesto a luchar por un bien común.

«Tener conciencia ética es una cuestión individual pero colectiva al mismo tiempo. Lo de que cada uno tiene su ética es absurdo»

P: Cuando todo parece que falla, unas instituciones fuertes en las que confiar son esenciales. ¿Las tenemos?

R: Creo que podemos afirmar que existen instituciones que salvan de esta desconfianza instalada porque funionan como deben funcionar. Ahora bien, ¿es suficiente esto para darle un giro a lo que estamos viviendo, para cambiar de época? ¿Para introducir algo totalmente nuevo como fue en su momento el Estado del bienestar y que sea apoyado por todas las fuerzas políticas y sociales? Estoy hablando de un cambio de cultura. Pues la verdad es que no veo que haya una o varias instituciones que hoy puedan llevar a cabo este cambio. Porque mi tesis es que los que tenemos que cambiar somos nosotros, los sujetos de la política. Lo que ha venido dado con la evolución neoliberal es un sujeto egoísta, que actúa egoístamente en todos los campos en los que se mueve: en la vida profesional, en la familiar, en la escuela, en la calle, en todas partes. De un modo corporativo. No hay un más allá que trascienda esta perspectiva tan individualista.

P: ¿Y cómo le damos la vuelta a este sujeto político?

R: Yo me remitiría a lo que transmite la ética ilustrada: aprende a pensar por tú mismo, aprende a decidir por ti mismo. Claro, nunca decides por ti mismo del todo, pero debes hacer el esfuerzo de intentarlo. Pero eso no se aprende en la sociedad de una manera automática, debe existir la voluntad de enseñarlo, la voluntad de educar. Esta voluntad está interiorizada por la familia y la escuela, otra cosa es que se sepa cómo hacerlo, porque no hay fórmulas mágicas. El problema es que el resto de las personas adultas que deberían enseñarlo también no lo hacen, no piensan desde esta perspectiva.

Es por eso que la ética filosófica ha evolucionado hacia esto que llamamos éticas aplicadas, que intentan aplicar los principios éticos a las profesiones. Desde esta perspectiva, si tenemos la voluntad de hacerlo bien, hay un camino.

Tener conciencia ética es una cuestión individual pero colectiva al mismo tiempo. Lo de que cada uno tiene su ética es absurdo. Hay una ética universal en la que están basados los preceptos sobre los que se han construido las instituciones globales como la ONU o los Derechos Humanos Universales.

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