Con su segundo libro, María Beleña (Valencia, 1985) ensaya un salto mortal en forma de investigación epistemológica general, en un libro de poemas sobre la “realidad inteligible” pero también sobre la imaginación y sobre la libertad.
Vigilia: conjeturas sobre la ilusión, publicado en Zaragoza por la editorial Olifante, es, aparte de culto y serio, un libro muy valiente porque no tiene miedo a no ser entendido, y, siendo asimismo un libro insolente y juguetón, se desentiende del mundo mucho menos de lo que cabría pensar en un vistazo superficial.

Juan Marqués / @jmarquesmartin
“Una carta la leo de este modo”…: así arranca (en la traducción de Carlos Pujol) el poema 636 de Emily Dickinson, en el que a continuación, en efecto, se explica en pocos versos la emoción y el temblor de quien aislada, silenciosa, a menudo triste, recibe de pronto una carta y se dispone a recorrerla: “Antes que nada cierro bien la puerta”…
Alguien, en ese sentido, debería escribir algún día un libro que se titulase Cómo leer un libro de poemas. Hay todavía, me parece, muchísima confusión al respecto, y creo que se va perdiendo el concepto de aventura, de pasión por dejarse sorprender, a cambio de recibir lo previsible, lo esperado, lo muy masticadito y facilón, una poesía blanca que, incomprensiblemente, gusta más cuanto menos asombra.
Para mí la poesía tiene mucho más que ver con una conversación a ciegas en la que, en principio, sólo habla uno o, por escarbar en la paradoja, un monólogo que implica (al menos) a dos: alguien a quien no conoces (o tal vez sí, pero no en ese registro, o en esa situación) se sienta delante de ti y te lanza un monólogo que puede adquirir infinitas formas, responder a muchísimos tonos, recurrir a más o menos elementos auxiliares. Tú le miras a los ojos y tratas de mirar las cosas como él o ella las mira, de aclimatarte a su mirada, de intuir por dónde está avanzando y para qué, para lo cual es importante descifrar cómo lo hace.
‘Vigilia’ es un libro valiente porque no tiene miedo a no ser entendido
Cada vez que llega un nuevo libro de poemas hay que tener eso clarísimo: abrirlo implica aceptar un desafío, y te puedes encontrar, literalmente, con algo inesperado o insólito, mucho más fácilmente que cuando se acomete la lectura de una novela o de un ensayo. La poesía es aún más proteica que la narrativa, más flexible, más potencialmente libre, entre otras cosas porque la libertad, allá en su origen, suele ser también uno de sus objetivos implícitos, y una de las primeras premisas de la literatura es que la forma suele dar buenas pistas sobre el fondo, la estructura dice cosas sobre la intención.
Pero si decía al principio lo de la “teoría dickinsoniana” de la carta es también porque, en su epílogo al segundo libro de poemas de María Beleña (Valencia, 1985), nuestra queridísima María Ángeles Pérez López ha asumido la perspectiva epistolar y le ofrece unas palabras en las que opina con razón y puntería que lo que acabamos de leer es “un libro que escribe y borra, que entrega y vela, que evita la falsa percepción de que la vida es legible o representable”.
Una estupenda reseña de la poeta Patricia Crespo (sobresaliente en un panorama en el que la crítica de poesía, aparte de cada vez más escasa, es por lo general suburbialmente mala) atribuye a este libro “un lenguaje obstaculizado y tensado en favor del instinto, donde la normativa lingüística es inexistente”. Y eso es, desde luego, lo primero que hay que tener muy en cuenta, aunque es también, por otro lado, lo primero con lo que va a topar el lector, desprevenido o no.
Pero que el libro sea exigente con el lector, y francamente difícil (aunque exigente y difícil desde la amabilidad, pues se trata también de, digamos, un libro cariñoso, un libro acogedor, un libro que no quiere hacer daño sino más bien abrigar…), no implica que desde su poema-prólogo encuadre ya algunas de las líneas maestras.
Por ejemplo, con un anacoluto deliberado se constata que “Dormir puede que sea una de las mayores afrentas a la noción de riqueza actual”. Es un tema que va a ir reapareciendo en dos sentidos: por un lado, el asunto de la vigilia, que no en vano va al frente del libro como título, como si fuera un mascarón de proa, y que hace que aquello de “estar despierto” (aunque no muy despierto) sea ambiguo y poroso (se sabe que en los sueños puede ocurrir de todo, obviándose que, dependiendo de cómo se vean y se vivan las cosas, en la vigilia también).
Pero, por otro, está el tema de la impugnación del capitalismo, algo que, en medio del estimulante magma de palabras, incisos entre corchetes, acotaciones, juegos léxicos y hasta notas al margen, se hace evidente, y que en algún momento adquiere otro matiz oportunamente llegado desde la perspectiva de género, deplorando “un tipo de capricho filosófico [occidenpatriarcal] que propicia la voluntad de aquietarnos” (y los corchetes son, por supuesto, del poema).
Al final esta Vigilia es algo así como una investigación epistemológica general, pero que se lleva a cabo del modo más conscientemente indirecto que María Beleña ha podido forjar. También lo anunciaba el primer poema, que acaso sea algo así como un manual de instrucciones: “Atravesamos la realidad suscitada por la vigilia cuanto parpadeo se necesite”. Y obsérvese que atravesar la realidad no es rodearla, no es mostrarse indiferente, no es escapar: atravesarla es entrar en su corazón para superarla, tener la voluntad de conocerla para poder trascenderla, no “pasar de ella” sino pasar por ella, sumergirse en ella, no asumirla ni desde luego suscribirla o aceptarla pero sí aprehenderla (palabra odiosa, por pedante, que sin embargo aquí se hace pertinente).
Vigilia es un libro valiente porque no tiene miedo a no ser entendido. Y, volviendo a lo de arriba, no es que sea arriesgado, es que es libre, aparte de misterioso, y quiere serlo aún más. Lo sugiere también el final del poema de Dickinson: “Y leo que soy alguien infinito / según una persona / que no sabéis quién es”.

Versículo veintisiete de la primera carta corintia. Habla de los locos escogidos para humillarnos. Pecan por no decir lo que falta. Porque no hace falta nada más. Sólo quieren que lo creamos. Algo ileso en algo quieto. Extraigo la gasa de tu cavidad y entiendo la nobleza del hueco. Crujen mis nervios al borde del limbo tomando la postura de la falda. La tolvanera no cesa de ascender en bucle a pozos de índole genital. Que intenten someter a la nieve. Al último de leucocitos blancos. Destruiré la sabiduría de los sabios. Rechazaré la ciencia de los inteligentes. Herbolaria tú por tener lógica sin significado. Las entrañas poblarán la disposición del tallo para desbrozarlo. La vida consiste en deshacer ramilletes.
*Ficha bibliográfica: María Beleña, Vigilia: conjeturas sobre la ilusión, Zaragoza, Olifante, 2025. Epílogo de María Ángeles Pérez López.







