‘Vivo en nombre de los caballos’: un cosmos de bolsillo

Antonio Mochón

El poeta andaluz (valga la redundancia…) Antonio Mochón (Armilla, Granada, 1980) llega a La Plaza Invisible con Vivo en nombre de los caballos, un libro que, publicado en Sevilla por Maclein y Parker, incide y amplía el camino empezado en 2010 con Carretera blanca.

Tratando de alumbrar los pros y contras del agotador día a día, del final de la juventud o de la vida conyugal y familiar, Mochón logra un libro irónico, ácido, sincero y brillante que, como dice en su prólogo Juan Manuel Gil, supone «un elogio contenido de la carencia existencial», esto es, de la pura incertidumbre en la que estamos.

Antonio Mochón
El poeta granadino Antonio Mochón amarillea en nuestra Plaza Invisible / Foto: J.M.

Juan Marqués / @jmarquesmartin

El hecho de que el nuevo libro de Antonio Mochón (Armilla, Granada, 1980) esté dividido no en tres secciones, ni partes, ni capítulos, ni cuadernos… sino en tres «decepciones», nada menos, ya dice mucho de su espíritu, pero engaña respecto al tono, que no es nada trágico ni llorón ni luctuoso. Y esto ocurre tal vez gracias a la ironía, que es algo que en este nuevo libro se ha acentuado mucho, muchísimo, con relación al anterior.

En realidad hubo otros antes (libros, digo, no decepciones), pero a juzgar por la solapa de este Vivir en nombre de los caballos, él sólo tiene en consideración el anterior, el ya lejano y en verdad excelente Carretera blanca (2010). Y es como si las hormigas que figuraban en la cubierta de aquel libro hubieran saltado trece años después a las páginas de éste, pues se habla bastante de ellas, así como se alude a cucarachas, gatos, mosquitos, peces o, desde luego, caballos. «Yo sólo quiero ser un mono tranquilo, / un gorrión tranquilo»

el libro está lleno de hipocondría, de un pánico al final que se confiesa abiertamente (…). pero la reacción del poeta tiende al humor, no a una mueca desesperada sino a la broma ‘woodyallanesca’

Pero estábamos hablando de ironía, que, en este caso, es mucho más significativa que cualquier animal. El libro está lleno de hipocondría, de un pánico al final que se confiesa abiertamente («Mi hijo es un diálogo / entre mi necesidad de amor / y mi miedo a la muerte»), de diagnósticos preocupantes, de dolores inconcretos, de amenazas difusas que llegan desde dentro, de traiciones de ese cuerpo nuestro al que cuidamos y exigimos tanto…, pero la reacción del poeta tiende al humor, no a una mueca desesperada sino, digamos, a la broma woodyallenesca. Es, como dice él, algo así como «el burocrático / informe de mi malestar».

No es extraño, por tanto, que en el libro haya un epígrafe de Jorge Gimeno, porque el aire es así, también muy Carlos Pardo, en el sentido de lo chispeante, la mezcla de la broma con el susto, lo social (en el sentido de sociológico) y lo íntimo. Y es totalmente cierto que, cuando hay niños cerca (niños propios, quiero decir), la perspectiva del final cambia mucho de color, todo cambia de forma tan perceptible como complicada de explicar: «Mi hijo bajo una portería / con forma de ataúd».

Este libro tiene, incluso, ese poquito de pedantería divertida que tiñe los libros de los dos poetas aludidos (más pedante el primero, más divertido el segundo). Pero lo que predomina, también como en ellos dos, es un ingenio al servicio de la poesía, no en su contra (el ingenio es un recurso perfectamente capaz de volverse contra el propio libro hasta inhabilitarlo). Y, en el caso de la poesía española actual, un enorme porcentaje de los intentos de sorpresa que tenemos que leer pasa por la desconfianza hacia el lenguaje: «sólo hay una forma de pronunciar lo verdadero: mirándolo».

Este poemario está lleno de imágenes poderosas, emparentadas a menudo con lo irracional, muy originales y sugerentes

Pero el libro es muy físico y muy corporal no sólo por el tema del precoz envejecimiento o de las visitas al doctor, sino por el alegre salseo erótico al que también asistimos, aunque, una vez más, el deseo que aquí se dice es algo más animal que exactamente enternecedor. Si es bonito follar, esto es bonito, pero se trata, en fin, de eso, de «una ferocidad de lenguas y manos como cabos de un hilo infinito», de «el Jordán de tu vagina», de «Tus pechos. El mito que sopeso / como otra infancia: partida», o del título general de la tercera decepción, Dos orificios que se besan (aunque, si hay que decirlo todo, esta última es una inspirada metáfora para referirse a la noche y el día, que se suceden sin apenas mezclarse).

Quiero decir que, más que amar, aquí se hociquea, pero en ello hay también un hermoso retrato indirecto de la conyugalidad, de la vida corriente, del ir pasando la vida en casita y observando de reojo al otro, a la otra. Y es que los cuerpos implicados, en otro orden de cosas, cambian por los embarazos, por el cansancio del trabajo, por el temblor del estrés y de los nervios, por las expectativas de los poemas por venir.

El libro está lleno de imágenes poderosas, emparentadas a menudo con lo irracional, muy originales y sugerentes: en «un cosmos de bolsillo // la luz es necesariamente poca». O esa ensalada aliñada con buenos tropos que leemos en el poema que se reproduce completo abajo. Y desde luego es imposible no advertir que (aunque «Tengo predilección por las historias / donde hay alguien esperando / sobre un tronco de tiempo») este libro es mucho menos narrativo que el anterior.

Aunque yo prohibiría los juegos de palabras, sucede que en el fondo la curiosidad es casi un anagrama de la oscuridad, y eso se recuerda leyendo el nuevo libro de Mochón. Hay algo protector en él, porque es muy doméstico, pero yo creo que se recurre a tanto animal para recordar lo esencialmente salvaje e incierto de nuestra vida, lo relativo de nuestra libertad, lo extraño de todo. «Cotidiano extravío», lo llama en su prólogo el narrador (y también, allá al fondo, poeta) Juan Manuel Gil, que también se refiere a «la escasa heroicidad de nuestro día a día», esa que, sin embargo, reclama de manera terca ser escrita y cantada.

Ese extrañamiento sí es lo básico, y algo que, aunque lo hagamos todo el rato, es francamente difícil perder de vista. Y es que qué cerca está también el gesto de rendirse con la acción del aplauso o con la manifestación del afecto: «Junté mi mano derecha / y mi mano izquierda, las abracé / y dije: // Ya está».

Antonio Mochón

Mientras dormías

vi un avión estrellarse

en el azul viscoso del recuerdo,

y entonces lo pensé.

«allanas, en otoño,

el ombligo de los años»,

vi cómo las personas se mondaban

la piel de naranja,

la mañana era buena,

vi los átomos de tu nacimiento

lanzados en un columpio

contra la gravedad

del vuelo en los gorriones,

antiguos hombres-bala florecían

cada vez que nos dábamos la mano,

y ahora,

por la noche, en la cama,

me dedico a mirar este retablo

que el Estado costea

(soy tan tradicional, tan de padre henchido,

tan de padre huérfano),

la pierna ligeramente ofrecida,

a medio destapar,

castrada, la boca,

un poco trágica, un tallo la perrita Sena,

tu accidente de tráfico,

los fórceps y yo, otro tallo,

me recordó a la abuela tras el ictus,

he aquí tu testamento,

con pijama,

una mujer que duerme rodeada de tallos

entre sábanas de franela,

una mujer nos canaliza el firmamento,

nos amamanta, ¿ves?,

como un mosquito cumple su destino,

veo todos los cuerpos que eres,

todas las medidas que caminan por ti,

la evolución, lo decrépito, todo

al unísono, cantando,

«aquella parcelita nuestra…

aquel trozo de sol

que se ahogó en un pozo»…

 

*Ficha técnica: Antonio Mochón, Vivo en nombre de los caballos, Sevilla, Maclein y Parker, 2023. Prólogo de Juan Manuel Gil

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